
¿Dónde sitúan en Polonia los contenedores de basura? ¿Dónde diablos están?
Esa pregunta me llevaba haciendo casi una semana hasta que por fin lo he descubierto.
Cuando por primera vez tuve que tirar mi primera bolsa de basura caí en la cuenta que en la calle no había visto ningún contenedor en todos estos días, o esa sensación tenía yo.
- ¡Bah! – pensé- será únicamente porque no me habré fijado en ellos al caminar por la calle de tan ocupado que voy ¡cómo no va a haber contenedores de basura!
Oliéndome ya algo desagradable, y no me refiero a la inmundicia de la que me quería desprender, salí sin la bolsa porque tenía el presentimiento de que no iba a ser tan fácil encontrar un contenedor. No quería pasarme un buen rato paseando con una bolsa de desperdicios en la mano y tener que traerla a casa, como si hubiera sacado a pasear al perro, haciendo nuevamente lo que ya en este blog conocemos como la “gran figura di m***a”.
Comienzo mi casual paseo y me doy cuenta que alrededor de mi edificio no hay ningún contenedor. Sigo caminando en dirección al centro y confirmo mis sospechas: ni asomo de contenedores o recipientes similares. En realidad lo más parecido que vi a un contenedor de basura fue el tranvía de las 8: 45 que, impuntual como siempre, pasaba para recordarme que ya no se hacen trenes tan duraderos como antes.
Un tanto sorprendido, más turbado (perdón) que al salir de casa me preguntaba cómo era posible que no hubiera visto ninguno.
¿Qué hará esta gente con la basura?-comenzaba a preguntarme inquieto. Seguro que la tienen que echar en algún sitio para que algún camión se la lleve. La idea de toda la población de Wroclaw en procesión a las cinco de la mañana, tipo zombi, hasta el vertedero para arrojar sus desperdicios me resultó muy graciosa y relajó el paseo pero no me parecía demasiado creíble.
Entré en casa nuevamente, desconcertado, y comencé a pensar dónde diablos podrían estar.
-Bah! Ya está. Estarán detrás del edificio.
He de comentar que vivo en un edificio de 4 plantas que, junto con los colindantes adopta una forma semicircular que permite albergar un espléndido parque en ese espacio.
-Estarán en la parte posterior.- pensé- No hay otra posibilidad.
Bajé nuevamente, ansioso por desvelar el misterio.
Me dirigí a la parte trasera y ante la extraña mirada de nuestro vigilante de seguridad (que tiene allí su cuarto de vigilancia, cámaras y demás) me dispuse a buscar mi preciado botín.
-¿Qué estará buscando éste?- seguro que se preguntaba el vigilante.
Yo, he de reconocer que un poco por pudor, preferí no preguntar nada, pues me daba algo de apuro la situación. Por supuesto no encontré nada. Lo intentaría al día siguiente.
Al día siguiente en el trabajo comenté como quien no quiere la cosa, de pasada, que no había visto ningún contenedor por la ciudad y que me parecía curioso el hecho. No dije que lo estaba buscando desesperadamente pues de una bolsa de basura había pasado a tener tres en casa y la situación empezaba a ser preocupante. Me advirtieron de que normalmente suelen estar en la parte posterior del edificio e incluso un compañero comentó que hacía tiempo se tiraban a una especia de ascensores especiales que se la llevaba y blabla. Preferí obviar esa posibilidad porque me parecía alucinante.
Tras volver del trabajo miré nuevamente en la parte posterior y corroboré que por allá no había contenedor de ningún tipo ni nada que se le pareciera (el tranvía ni pasaba por allí), así que mi desconcierto crecía por momentos. El asunto comenzaba a apestar.
Envié un mensaje por teléfono al dueño del piso y entonces en un sms recibí la palabra mágica y salvadora, aquella que me rescataría del mundo de la porquería y me devolvería al de la limpieza. La clave: smietnik.
En el mensaje me comentaba que la basura estaba en la parte posterior y que el recipiente se llamaba smietnik, que buscara esa inscripción.
Repetidas veces había estado allí y aparte del vigilante no había ni rastro de nada parecido a un contenedor (no sugiero con ello que el vigilante se pareciera a un contenedor, entiéndanme bien). Ya no entendía nada.
A todo esto, para rematar mi desconcierto, en pleno relevo de guardia entre vigilantes, una escena horripilante aparecía ante mis ojos: uno de los vigilantes no tuvo ningún reparo en sacarse los pantalones dentro de la oficina y quedarse en calzoncillos, a lunares grandes azulados, que no tuve más remedio que ver y que nuevamente desdramatizaban el asunto un poco (el de la basura no el de su ropa interior). Lo peor no es que se hubiera quedado en calzoncillos con lunares azules grandes a la vista del que pudiera pasar por allí, lo peor de todo es que ¡seguía con la gorra puesta! Terrible. Imagínense la escena por un momento.
Pero volvamos al caso que nos ocupa. Ya cansado de no encontrar el contenedor y temiendo por la salubridad de mi hogar y del vecindario (no a causa de la ropa interior del honrado vigilante sino por la basura acumulada por mí) me decidí a preguntar a los dos guardias (una vez que comprobé que los dos tenían los pantalones puestos) por el famoso smietnik.
Móvil en mano, con mensaje donde la única palabra en polaco era smietnick (basura), me dirigí hacia los caballeros- hacia el caballero y el hombre de slip con lunares azules quiero decir-.
Y entonces es cuando sobrevoló la tragedia, nuevamente, en mi vida.
Mi idea inicial era dirigirme a ellos y como ni yo sabía polaco ni ellos inglés, soltarles directamente: ¡smietnick! Y esperar que me indicasen el lugar apropiado.
Un rayo de sentido común paso por mi mente al cabo de unos segundos y pensé: “No. Mejor no dirigirse a dos desconocidos, vigilantes de seguridad, quizá con armas de fuego, de gatillo fácil incluso; uno de ellos seguramente trastornado aún por la traumática visión de su compañero en semejantes paños menores, y decirles a la cara, sin premeditación, de sopetón, a las bravas: ¡basura!”. No, mejor que no.
¡Quién sabe cuán susceptibles pueden ser! ¡Lo mismo se lo toman a mal! Y lo peor sería, en caso de sobrevivir al tiroteo, intentar dar luego una explicación plausible.
Así que, mejor pensado, me fui hacia ellos tranquilamente y con mucha calma y mayor amabilidad enseñé al caballero (pues sólo había uno) el mensaje y concretamente la palabreja de marras.
¿Smietnick?- se preguntó. ¡¡Ah smietnik!! –continuó una vez que comprendió mediante gestos que quería yo tirar algo ahí.
Y entonces todo se resolvió: en perfecto incomprensible polaco me acompañó apenas unos metros y ante mi sorpresa señaló una puerta perfectamente acristalada, a modo de cajero automático, muy cuidada tanto la entrada como el habitáculo interior, y en el citado habitáculo dos espléndidos contenedores de basura de plástico verdes del tipo que todos ya conocemos.
Ni que decir tiene que me pareció sorprendente que “cuidaran” tan bien a sus basuras. Protegidas de la intemperie, de algún vándalo incluso, hasta de algún ladrón de basuras. En realidad el habitáculo era posiblemente algo más amplio que el que tenían los propios vigilantes para cumplir su tarea. La basura mejor tratada que había visto en mi vida.
Agradecí enormemente al amable vigilante su indicación y feliz, tras unos minutos, deposité allí toda la inmundicia acumulada. Por fin.
Esa pregunta me llevaba haciendo casi una semana hasta que por fin lo he descubierto.
Cuando por primera vez tuve que tirar mi primera bolsa de basura caí en la cuenta que en la calle no había visto ningún contenedor en todos estos días, o esa sensación tenía yo.
- ¡Bah! – pensé- será únicamente porque no me habré fijado en ellos al caminar por la calle de tan ocupado que voy ¡cómo no va a haber contenedores de basura!
Oliéndome ya algo desagradable, y no me refiero a la inmundicia de la que me quería desprender, salí sin la bolsa porque tenía el presentimiento de que no iba a ser tan fácil encontrar un contenedor. No quería pasarme un buen rato paseando con una bolsa de desperdicios en la mano y tener que traerla a casa, como si hubiera sacado a pasear al perro, haciendo nuevamente lo que ya en este blog conocemos como la “gran figura di m***a”.
Comienzo mi casual paseo y me doy cuenta que alrededor de mi edificio no hay ningún contenedor. Sigo caminando en dirección al centro y confirmo mis sospechas: ni asomo de contenedores o recipientes similares. En realidad lo más parecido que vi a un contenedor de basura fue el tranvía de las 8: 45 que, impuntual como siempre, pasaba para recordarme que ya no se hacen trenes tan duraderos como antes.
Un tanto sorprendido, más turbado (perdón) que al salir de casa me preguntaba cómo era posible que no hubiera visto ninguno.
¿Qué hará esta gente con la basura?-comenzaba a preguntarme inquieto. Seguro que la tienen que echar en algún sitio para que algún camión se la lleve. La idea de toda la población de Wroclaw en procesión a las cinco de la mañana, tipo zombi, hasta el vertedero para arrojar sus desperdicios me resultó muy graciosa y relajó el paseo pero no me parecía demasiado creíble.
Entré en casa nuevamente, desconcertado, y comencé a pensar dónde diablos podrían estar.
-Bah! Ya está. Estarán detrás del edificio.
He de comentar que vivo en un edificio de 4 plantas que, junto con los colindantes adopta una forma semicircular que permite albergar un espléndido parque en ese espacio.
-Estarán en la parte posterior.- pensé- No hay otra posibilidad.
Bajé nuevamente, ansioso por desvelar el misterio.
Me dirigí a la parte trasera y ante la extraña mirada de nuestro vigilante de seguridad (que tiene allí su cuarto de vigilancia, cámaras y demás) me dispuse a buscar mi preciado botín.
-¿Qué estará buscando éste?- seguro que se preguntaba el vigilante.
Yo, he de reconocer que un poco por pudor, preferí no preguntar nada, pues me daba algo de apuro la situación. Por supuesto no encontré nada. Lo intentaría al día siguiente.
Al día siguiente en el trabajo comenté como quien no quiere la cosa, de pasada, que no había visto ningún contenedor por la ciudad y que me parecía curioso el hecho. No dije que lo estaba buscando desesperadamente pues de una bolsa de basura había pasado a tener tres en casa y la situación empezaba a ser preocupante. Me advirtieron de que normalmente suelen estar en la parte posterior del edificio e incluso un compañero comentó que hacía tiempo se tiraban a una especia de ascensores especiales que se la llevaba y blabla. Preferí obviar esa posibilidad porque me parecía alucinante.
Tras volver del trabajo miré nuevamente en la parte posterior y corroboré que por allá no había contenedor de ningún tipo ni nada que se le pareciera (el tranvía ni pasaba por allí), así que mi desconcierto crecía por momentos. El asunto comenzaba a apestar.
Envié un mensaje por teléfono al dueño del piso y entonces en un sms recibí la palabra mágica y salvadora, aquella que me rescataría del mundo de la porquería y me devolvería al de la limpieza. La clave: smietnik.
En el mensaje me comentaba que la basura estaba en la parte posterior y que el recipiente se llamaba smietnik, que buscara esa inscripción.
Repetidas veces había estado allí y aparte del vigilante no había ni rastro de nada parecido a un contenedor (no sugiero con ello que el vigilante se pareciera a un contenedor, entiéndanme bien). Ya no entendía nada.
A todo esto, para rematar mi desconcierto, en pleno relevo de guardia entre vigilantes, una escena horripilante aparecía ante mis ojos: uno de los vigilantes no tuvo ningún reparo en sacarse los pantalones dentro de la oficina y quedarse en calzoncillos, a lunares grandes azulados, que no tuve más remedio que ver y que nuevamente desdramatizaban el asunto un poco (el de la basura no el de su ropa interior). Lo peor no es que se hubiera quedado en calzoncillos con lunares azules grandes a la vista del que pudiera pasar por allí, lo peor de todo es que ¡seguía con la gorra puesta! Terrible. Imagínense la escena por un momento.
Pero volvamos al caso que nos ocupa. Ya cansado de no encontrar el contenedor y temiendo por la salubridad de mi hogar y del vecindario (no a causa de la ropa interior del honrado vigilante sino por la basura acumulada por mí) me decidí a preguntar a los dos guardias (una vez que comprobé que los dos tenían los pantalones puestos) por el famoso smietnik.
Móvil en mano, con mensaje donde la única palabra en polaco era smietnick (basura), me dirigí hacia los caballeros- hacia el caballero y el hombre de slip con lunares azules quiero decir-.
Y entonces es cuando sobrevoló la tragedia, nuevamente, en mi vida.
Mi idea inicial era dirigirme a ellos y como ni yo sabía polaco ni ellos inglés, soltarles directamente: ¡smietnick! Y esperar que me indicasen el lugar apropiado.
Un rayo de sentido común paso por mi mente al cabo de unos segundos y pensé: “No. Mejor no dirigirse a dos desconocidos, vigilantes de seguridad, quizá con armas de fuego, de gatillo fácil incluso; uno de ellos seguramente trastornado aún por la traumática visión de su compañero en semejantes paños menores, y decirles a la cara, sin premeditación, de sopetón, a las bravas: ¡basura!”. No, mejor que no.
¡Quién sabe cuán susceptibles pueden ser! ¡Lo mismo se lo toman a mal! Y lo peor sería, en caso de sobrevivir al tiroteo, intentar dar luego una explicación plausible.
Así que, mejor pensado, me fui hacia ellos tranquilamente y con mucha calma y mayor amabilidad enseñé al caballero (pues sólo había uno) el mensaje y concretamente la palabreja de marras.
¿Smietnick?- se preguntó. ¡¡Ah smietnik!! –continuó una vez que comprendió mediante gestos que quería yo tirar algo ahí.
Y entonces todo se resolvió: en perfecto incomprensible polaco me acompañó apenas unos metros y ante mi sorpresa señaló una puerta perfectamente acristalada, a modo de cajero automático, muy cuidada tanto la entrada como el habitáculo interior, y en el citado habitáculo dos espléndidos contenedores de basura de plástico verdes del tipo que todos ya conocemos.
Ni que decir tiene que me pareció sorprendente que “cuidaran” tan bien a sus basuras. Protegidas de la intemperie, de algún vándalo incluso, hasta de algún ladrón de basuras. En realidad el habitáculo era posiblemente algo más amplio que el que tenían los propios vigilantes para cumplir su tarea. La basura mejor tratada que había visto en mi vida.
Agradecí enormemente al amable vigilante su indicación y feliz, tras unos minutos, deposité allí toda la inmundicia acumulada. Por fin.
2 comentarios:
hahahahahhahaha! Jaime! cullons! ya te imagino buscando el lugar! Una vez me paso algo similar! Estaba en Kiev-Ukrania y quería entrar en un edificio. Sabes que no supe encontrar la entrada? Por dios que di mil vueltas! Y nada! Como cojones entraba la gente allí? Pues ni idea! los de la KGB se debían estar partiendo el culo viéndome dando vueltas por el edificio como un gilipollas!!!
hahahaha! Cuando acabes tu aventura por estas tierras! escribe un libro!
Saludos Jaumet!
Joder tio me da a mi que vas a tener que aprender polaco al final xDDDD
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