domingo, 21 de junio de 2009

Comida polaca

Dejen ustedes que les cuente algo sobre mi experiencia con la comida polaca en estos pocos días que llevo viviendo aquí.

Para ser sincero mi experiencia con la comida polaca es extraña porque la mayoría de las veces he sido incapaz de identificar lo que estaba comiendo. En los restaurantes no me preocupo demasiado en saber lo que como y me limito a solicitar que sea comida polaca. En los supermercados mi total ignorancia del idioma impide que tenga un mínimo conocimiento de qué estoy comprando, así que en esos casos la emoción al llegar a casa está asegurada.
Es cierto que la apariencia de una pechuga de pollo no cambia demasiado de un país a otro, por muy diferentes que sean los pollos; pero aún así les puedo asegurar que el sabor sí que cambia.

El otro día estuve en la plaza principal de la ciudad y cené en la terraza de un precioso restaurante. Bajo el toldo que cubría la terraza podía ver a la gente paseando a esa hora de la tarde, y disfrutar de la visión de las preciosas fachadas que adornan la plaza quién sabe en que época fechadas.
Dispuesto a degustar la cocina local pedí al camarero que me trajese un par de platos típicamente polacos y, sinceramente, no me preocupé demasiado en saber qué ingredientes contenían.

En primer lugar me trajo, para ir haciendo boca, unas rebanadas de pan integral junto con un bol que contenía una masa blanca que yo desconocía.
Pensé que sería la versión polaca del paté y que era un aperitivo así que me dispuse a probarlo con la ilusión del que prueba algo nuevo, con la ilusión del que espera salir entusiasmado.

Que conste que en general la comida me está gustando bastante así que, vayan mis disculpas por delante por la descripción que haré del sabor de la citada “masa”, pero creo que la siguiente es la descripción más precisa.

¿Recuerdan ustedes esos jabones de antes que se fabricaban caseramente y con los que se lavaba en el río? ¿Los tienen presentes? Bien, pues quítenle ustedes los principios activos que sirven para la limpieza, y obtendrán exactamente el mencionado “pate”.
Igualito al citado jabón en textura, color y diría que hasta en sabor.

Lo probé, lógicamente, y les prometo que, en el segundo o tercer bocado, súbitamente pasó por mi mente la posibilidad de que en realidad no fuera comestible y que simplemente fuese algún elemento de limpieza personal antes de empezar a cenar, como el agua entre algunos platos para lavar un poco los dedos. Alcé ligeramente la vista por si alguien en el comedor estuviera horrorizado ante la escena, pero todo parecía tranquilo. Por si acaso, y tras cerciorarme con un nuevo bocado de que el mejunje era tan insípido como parecía, preferí esperar a la siguiente delicia culinaria.
Empezamos bien.- pensé.

A continuación un generoso plato de algo similar a los raviolis pero más grandes, rellenos de no tengo ni idea qué. Estaban bien. Nada que objetar.

Y por último un enorme plato que me costó terminar y que estaba bastante bueno. Me costó identificar sus ingredientes pero contenía desde cebolla hasta trozos de salchicha y de carne de cerdo. La apariencia es lo que más me llamó la atención: es como si todos sus ingredientes hubieran sido pasados por una trituradora. Estaban todos destrozados. El plato era un desconcierto general. Como si hubiera habido una alarma en la cocina y cada producto se hubiese colado en el primer plato que había encontrado.
Ésta fue mi primera experiencia cenando fuera.

Otro día les contaré algo sobre mi experiencia en el supermercado y lo emocionante que es comprar y comer a ciegas.

sábado, 13 de junio de 2009

Ligeia

El la vio de repente, mientras paseaba, indolente, consumiendo la tarde por el centro comercial.

Ella estaba sentada en un banco, hablando con alguien. Elegantemente vestida, discreta, y con uno de los más bellos rostros que él recuerda nunca haber visto. Labios, ojos, nariz, pómulos, cabello; cada mínima parte de su semblante conjuntaba, con las demás, en perfecta armonía, una de las más bellas caras que haya tenido oportunidad de admirar. Su visión era deslumbrante. Como mirar de repente al sol de mediodía tras meses de oscuridad. La habría tomado para siempre sin necesidad de haber intercambiado una sola palabra con Ella. Podría haberla amado sin necesidad siquiera de saber su nombre. No lo necesitaba. Volvió ligeramente sobre sus pasos y la admiró nuevamente, con disimulo, mientras su mente volaba y se alejaba, se perdía.
Ella sonreía, perdida en su conversación. Su rostro dulce, carnoso, perfecto, era la reencarnación de la divinidad misma.
Su maravillosa presencia era como un canto de sirena embriagador que lo abarcaba todo, y que a todo atraía y atrapaba.

El, entonces, pensó que era mejor irse. Como Ulises, tapó sus oídos antes de que fuera demasiado tarde, y se fue lentamente alejando del lugar. Pensaba que probablemente no volvería a verla nunca más. Pensaba que posiblemente pasaría mucho tiempo antes de volver a sentir algo semejante. Y así, la fue dejando atrás para siempre.

Ella nunca podrá imaginar lo que sucedió esta tarde. Nunca podrá imaginar que un desconocido, al menos por un instante, la ha amado.

Este post es para Ella.

viernes, 12 de junio de 2009

Smietnik


¿Dónde sitúan en Polonia los contenedores de basura? ¿Dónde diablos están?

Esa pregunta me llevaba haciendo casi una semana hasta que por fin lo he descubierto.
Cuando por primera vez tuve que tirar mi primera bolsa de basura caí en la cuenta que en la calle no había visto ningún contenedor en todos estos días, o esa sensación tenía yo.

- ¡Bah! – pensé- será únicamente porque no me habré fijado en ellos al caminar por la calle de tan ocupado que voy ¡cómo no va a haber contenedores de basura!

Oliéndome ya algo desagradable, y no me refiero a la inmundicia de la que me quería desprender, salí sin la bolsa porque tenía el presentimiento de que no iba a ser tan fácil encontrar un contenedor. No quería pasarme un buen rato paseando con una bolsa de desperdicios en la mano y tener que traerla a casa, como si hubiera sacado a pasear al perro, haciendo nuevamente lo que ya en este blog conocemos como la “gran figura di m***a”.

Comienzo mi casual paseo y me doy cuenta que alrededor de mi edificio no hay ningún contenedor. Sigo caminando en dirección al centro y confirmo mis sospechas: ni asomo de contenedores o recipientes similares. En realidad lo más parecido que vi a un contenedor de basura fue el tranvía de las 8: 45 que, impuntual como siempre, pasaba para recordarme que ya no se hacen trenes tan duraderos como antes.

Un tanto sorprendido, más turbado (perdón) que al salir de casa me preguntaba cómo era posible que no hubiera visto ninguno.
¿Qué hará esta gente con la basura?-comenzaba a preguntarme inquieto. Seguro que la tienen que echar en algún sitio para que algún camión se la lleve. La idea de toda la población de Wroclaw en procesión a las cinco de la mañana, tipo zombi, hasta el vertedero para arrojar sus desperdicios me resultó muy graciosa y relajó el paseo pero no me parecía demasiado creíble.

Entré en casa nuevamente, desconcertado, y comencé a pensar dónde diablos podrían estar.
-Bah! Ya está. Estarán detrás del edificio.

He de comentar que vivo en un edificio de 4 plantas que, junto con los colindantes adopta una forma semicircular que permite albergar un espléndido parque en ese espacio.

-Estarán en la parte posterior.- pensé- No hay otra posibilidad.

Bajé nuevamente, ansioso por desvelar el misterio.
Me dirigí a la parte trasera y ante la extraña mirada de nuestro vigilante de seguridad (que tiene allí su cuarto de vigilancia, cámaras y demás) me dispuse a buscar mi preciado botín.
-¿Qué estará buscando éste?- seguro que se preguntaba el vigilante.

Yo, he de reconocer que un poco por pudor, preferí no preguntar nada, pues me daba algo de apuro la situación. Por supuesto no encontré nada. Lo intentaría al día siguiente.

Al día siguiente en el trabajo comenté como quien no quiere la cosa, de pasada, que no había visto ningún contenedor por la ciudad y que me parecía curioso el hecho. No dije que lo estaba buscando desesperadamente pues de una bolsa de basura había pasado a tener tres en casa y la situación empezaba a ser preocupante. Me advirtieron de que normalmente suelen estar en la parte posterior del edificio e incluso un compañero comentó que hacía tiempo se tiraban a una especia de ascensores especiales que se la llevaba y blabla. Preferí obviar esa posibilidad porque me parecía alucinante.

Tras volver del trabajo miré nuevamente en la parte posterior y corroboré que por allá no había contenedor de ningún tipo ni nada que se le pareciera (el tranvía ni pasaba por allí), así que mi desconcierto crecía por momentos. El asunto comenzaba a apestar.
Envié un mensaje por teléfono al dueño del piso y entonces en un sms recibí la palabra mágica y salvadora, aquella que me rescataría del mundo de la porquería y me devolvería al de la limpieza. La clave: smietnik.

En el mensaje me comentaba que la basura estaba en la parte posterior y que el recipiente se llamaba smietnik, que buscara esa inscripción.
Repetidas veces había estado allí y aparte del vigilante no había ni rastro de nada parecido a un contenedor (no sugiero con ello que el vigilante se pareciera a un contenedor, entiéndanme bien). Ya no entendía nada.

A todo esto, para rematar mi desconcierto, en pleno relevo de guardia entre vigilantes, una escena horripilante aparecía ante mis ojos: uno de los vigilantes no tuvo ningún reparo en sacarse los pantalones dentro de la oficina y quedarse en calzoncillos, a lunares grandes azulados, que no tuve más remedio que ver y que nuevamente desdramatizaban el asunto un poco (el de la basura no el de su ropa interior). Lo peor no es que se hubiera quedado en calzoncillos con lunares azules grandes a la vista del que pudiera pasar por allí, lo peor de todo es que ¡seguía con la gorra puesta! Terrible. Imagínense la escena por un momento.

Pero volvamos al caso que nos ocupa. Ya cansado de no encontrar el contenedor y temiendo por la salubridad de mi hogar y del vecindario (no a causa de la ropa interior del honrado vigilante sino por la basura acumulada por mí) me decidí a preguntar a los dos guardias (una vez que comprobé que los dos tenían los pantalones puestos) por el famoso smietnik.
Móvil en mano, con mensaje donde la única palabra en polaco era smietnick (basura), me dirigí hacia los caballeros- hacia el caballero y el hombre de slip con lunares azules quiero decir-.

Y entonces es cuando sobrevoló la tragedia, nuevamente, en mi vida.
Mi idea inicial era dirigirme a ellos y como ni yo sabía polaco ni ellos inglés, soltarles directamente: ¡smietnick! Y esperar que me indicasen el lugar apropiado.
Un rayo de sentido común paso por mi mente al cabo de unos segundos y pensé: “No. Mejor no dirigirse a dos desconocidos, vigilantes de seguridad, quizá con armas de fuego, de gatillo fácil incluso; uno de ellos seguramente trastornado aún por la traumática visión de su compañero en semejantes paños menores, y decirles a la cara, sin premeditación, de sopetón, a las bravas: ¡basura!”. No, mejor que no.
¡Quién sabe cuán susceptibles pueden ser! ¡Lo mismo se lo toman a mal! Y lo peor sería, en caso de sobrevivir al tiroteo, intentar dar luego una explicación plausible.

Así que, mejor pensado, me fui hacia ellos tranquilamente y con mucha calma y mayor amabilidad enseñé al caballero (pues sólo había uno) el mensaje y concretamente la palabreja de marras.

¿Smietnick?- se preguntó. ¡¡Ah smietnik!! –continuó una vez que comprendió mediante gestos que quería yo tirar algo ahí.

Y entonces todo se resolvió: en perfecto incomprensible polaco me acompañó apenas unos metros y ante mi sorpresa señaló una puerta perfectamente acristalada, a modo de cajero automático, muy cuidada tanto la entrada como el habitáculo interior, y en el citado habitáculo dos espléndidos contenedores de basura de plástico verdes del tipo que todos ya conocemos.
Ni que decir tiene que me pareció sorprendente que “cuidaran” tan bien a sus basuras. Protegidas de la intemperie, de algún vándalo incluso, hasta de algún ladrón de basuras. En realidad el habitáculo era posiblemente algo más amplio que el que tenían los propios vigilantes para cumplir su tarea. La basura mejor tratada que había visto en mi vida.
Agradecí enormemente al amable vigilante su indicación y feliz, tras unos minutos, deposité allí toda la inmundicia acumulada. Por fin.

sábado, 6 de junio de 2009

Un tranvía llamado deseo


Tras 7 días cogiendo taxis he decidido probar el transporte público de la ciudad. He decidido probar el tranvía ya que une directa y rápidamente mi nuevo apartamento con mi lugar de trabajo y zonas de ocio.

Uno, que es de ética irreprochable, sólida, incorruptible, nunca se permitiría colarse en un transporte público y no pagar en un transporte que es de todos; y menos en un país nuevo que me está tratando tan bien.
Además, es bueno pagar porque con esa pequeña aportación monetaria la red de tranvías de Wroclaw puede seguir manteniendo en funcionamiento esos ejemplares de tranvía prehistóricos, piezas de museo caras de mantener, y que sólo así pueden seguir en funcionamiento.
Con esa noble intención me dirijo a una de las máquinas expendedoras de billetes.

La máquina tiene un aspecto un tanto lamentable. Introduzco un par de monedas para intentar obtener un billete y cual es mi sorpresa cuando devuelve mis monedas y alguna más. Sorprendido vuelvo a intentarlo y esta vez además de no darme el billete, se queda con alguna de mis monedas. Sigo intentándolo y se sigue repitiendo el juego: a veces se queda alguna moneda, otras me devuelve de más. Aquello parecía un casino. El billete al final no sale. Al cabo de unos minutos llegan unas señoritas y tras solicitar su colaboración acabamos concluyendo que la máquina o está rota o realmente había pertenecido antes a una sala de juegos.


Mi deseo era realmente obtener ese reglamentario ticket que me permitiera viajar, cual ciudadano ejemplar, por la red de tranvía de la ciudad, sin sentimiento de culpa por no haber contribuido, así, como dije antes, al mantenimiento de esas piezas de museo que son algunos tranvías.

A todo esto un nuevo coche está llegando y yo no tengo billete así que por mi mente pasa el tomarlo igualmente y asumir las consecuencias en caso de ser pillado in fraganti (calabozo, deportación, asistencia a concierto del coro del ejército rojo): el honor mancillado.

Subo y en un par de paradas estoy en mi destino. No había sido mi deseo que sucediera así pero ya ven ustedes que corto es el camino hacia la delincuencia, hacia la perdición. Ya ven ustedes qué fácil es apartarse del recto proceder. En mi descargo he de decir que las circunstancias me forzaron.

Paso un par de horas de ocio disfrutando de mi famoso zumo de naranja, al lado de un acuario en el que, entre otros especímenes, figuran un par de tiburones (y esto va en serio), me como un tiramisú estupendo y me dispongo nuevamente a volver a casa.

Mi deseo vuelve a ser el de obtener el preciado billete en una nueva máquina, pero está fuera de servicio así que me quedan dos opciones: andar hasta otra parada e intentar adquirirlo allí o volver al bandolerismo.

Me decido por el asalto al tranvía. Recorro las dos paradas que me separan de mi destino y me apeo. Eso fue ayer.

Hoy he tomado el tranvía tres veces y ni siquiera me he parado a mirar si había alguna máquina expendedora cerca. Directamente me he introducido en el vagón.

Prometo volver pronto al buen camino y contribuir con mi dinero a que los tranvías de la ciudad cumplan otros cien años más de servicio.

Ese es mi deseo.

martes, 2 de junio de 2009

Sábado 30 mayo 2009


Seguramente este no será un día de tantas emociones. Me vendrá bien descansar un poco.

Me levanto con la intención de averiguar si hay habitación libre en un hotel bastante cercano a mi trabajo y con mucha mejor apariencia.


Son las 9 de la mañana así que podré conectarme a Internet en el centro comercial Arkady y reservar una habitación. En la recepción de mi actual hotel me informan que habrá un corte de luz desde las 10 de la mañana hasta las 12. Lo de este hotel verdaderamente no tiene nombre.


Tras efectuar la reserva vuelvo a mi hotel, salgo mirando probablemente por última vez los interiores, especial atención a la alfombra, y cojo un taxi para ir a mi nuevo alojamiento.

El nuevo hotel es completamente diferente: 4estrellas de una calidad muy superior a la del precedente. Todo es mucho mejor. Es como avanzar en el tiempo 40 años.


Dejo los bártulos y me vuelvo a mi rincón favorito en la ciudad hasta el momento: cafe lulu, en el mismo centro comercial. Pido mi zumo de naranja reglamentario a la preciosa camarera y me conecto a la red toda la mañana.

Luego voy a comer. Pido búfalo con patatas. Está todo bastante bueno. Al terminar vuelvo al hotel a descansar en la habitación.


La cama de la habitación tiene un mullido excepcional y realmente es una de las mejores camas en las que jamás haya estado. Es realmente fantástica.

Intento averiguar el secreto de tanta comodidad y compruebo que sobre lo que sería el colchón normal, tiene uno mucho más delgado, a modo de especie de colchoneta. La cama es increíblemente cómoda, una gozada.


Es sábado y se supone que un sábado noche uno no debería pasar su tiempo en casa o en el hotel así que habrá que salir solo esta noche a dar una vuelta y conocer un poco la night life.

¿solo? Bien pensado mantengo contacto con alguien de la ciudad, amigo de un irlandés con el que también mantengo contacto vía correo electrónico por motivos de alquiler de vivienda (long story).

Después de todo no estaría mal salir con alguien de la misma ciudad. Podría mostrarme los lugares más lujuriosos e interesantes de la ciudad y podría conocer algo de gente.

Dicho y hecho: le envío sms manifestándole mi deseo algún día de invitarlo a una cerveza y tener así la oportunidad de conocerlo personalmente y agradecerle su interés por echarme una mano. Me responde que ese mismo día podría ser así que acordamos hora aproximada.


Salgo del hotel y cojo el primer taxi disponible. Imagino que sospechando de donde podría ser yo, me pregunta el taxista mi origen y al saber que venía de Barcelona comienza a hablarme en español y comentarme que había vivido una temporada en España. Es un joven muy amable y disponible así que aprovecho para plantearle un par de cuestiones relativas a la vida en la ciudad.


Al final nos intercambiamos el número de teléfono. Siempre es bueno tener contactos. Como decía un amigo mío: "hay que tener amigos hasta en el infierno". Además cuando mis amigos españoles vengan a visitarme, podré echar mano de un taxista con conocimiento de español, lo que siempre será buena cosa.


Pretendo cenar algo así que me voy a la famosa "taberna espanola". La plaza principal de wroclaw es un bullicio a esa hora (8 de la tarde), con gente paseando por la plaza y sentada en las terrazas de bares y restaurantes bebiendo o comiendo algo. Hay mucho ambiente y, como siempre, la presencia de preciosas mujeres es constante. Hace algo de frío Entro en la taberna y compruebo que el interior está lleno así que no me queda más remedio que comer algo en la terraza.


Larga espera para ser atendido. La camarera se la ve una criatura tranquila y a la que no parece afectar el hecho que haya gente esperando. El estrés no va con ella. Pido una tortilla de patatas con intención luego de pedir otro plato. Gran tortilla y la verdad es que bien hecha. Lo peor es que tengo que esperar nuevamente largo tiempo para pedir y más aun para que me traigan el segundo plato. El servicio realmente es lamentable así que para comer una tortilla en el futuro, o bien la pido por teléfono mientras me dirijo al lugar o entro un día en que no haya prácticamente nadie.


Al final salgo más resignado que cabreado y envío sms a mi nuevo amigo para concretar punto de reunión. Tras unos minutos aparece y nos saludamos afectuosamente. Es un chico agradable, medio polaco medio anglosajón, y se revelará una agradable compañía. Espero que su impresión hacia mí haya sido similar.


Nos dirigimos a tomar algo mientras intentamos conocernos un poco más. Hacemos comentarios sobre mi nuevo trabajo en Wroclaw, sobre el suyo (profesor de inglés), sobre mis primeras impresiones de la ciudad y también del sexo opuesto. Luego decidimos ir a tomar algo en el interior de un pub y no en terraza. Yo realmente tenía frío a esa hora, aunque igual para mi acompañante frío es estar a -10 y esa temperatura le parecía hasta agradable.