Para ser sincero mi experiencia con la comida polaca es extraña porque la mayoría de las veces he sido incapaz de identificar lo que estaba comiendo. En los restaurantes no me preocupo demasiado en saber lo que como y me limito a solicitar que sea comida polaca. En los supermercados mi total ignorancia del idioma impide que tenga un mínimo conocimiento de qué estoy comprando, así que en esos casos la emoción al llegar a casa está asegurada.
Es cierto que la apariencia de una pechuga de pollo no cambia demasiado de un país a otro, por muy diferentes que sean los pollos; pero aún así les puedo asegurar que el sabor sí que cambia.
El otro día estuve en la plaza principal de la ciudad y cené en la terraza de un precioso restaurante. Bajo el toldo que cubría la terraza podía ver a la gente paseando a esa hora de la tarde, y disfrutar de la visión de las preciosas fachadas que adornan la plaza quién sabe en que época fechadas.
Dispuesto a degustar la cocina local pedí al camarero que me trajese un par de platos típicamente polacos y, sinceramente, no me preocupé demasiado en saber qué ingredientes contenían.
En primer lugar me trajo, para ir haciendo boca, unas rebanadas de pan integral junto con un bol que contenía una masa blanca que yo desconocía.
Pensé que sería la versión polaca del paté y que era un aperitivo así que me dispuse a probarlo con la ilusión del que prueba algo nuevo, con la ilusión del que espera salir entusiasmado.
Que conste que en general la comida me está gustando bastante así que, vayan mis disculpas por delante por la descripción que haré del sabor de la citada “masa”, pero creo que la siguiente es la descripción más precisa.
¿Recuerdan ustedes esos jabones de antes que se fabricaban caseramente y con los que se lavaba en el río? ¿Los tienen presentes? Bien, pues quítenle ustedes los principios activos que sirven para la limpieza, y obtendrán exactamente el mencionado “pate”.
Igualito al citado jabón en textura, color y diría que hasta en sabor.
Lo probé, lógicamente, y les prometo que, en el segundo o tercer bocado, súbitamente pasó por mi mente la posibilidad de que en realidad no fuera comestible y que simplemente fuese algún elemento de limpieza personal antes de empezar a cenar, como el agua entre algunos platos para lavar un poco los dedos. Alcé ligeramente la vista por si alguien en el comedor estuviera horrorizado ante la escena, pero todo parecía tranquilo. Por si acaso, y tras cerciorarme con un nuevo bocado de que el mejunje era tan insípido como parecía, preferí esperar a la siguiente delicia culinaria.
Empezamos bien.- pensé.
A continuación un generoso plato de algo similar a los raviolis pero más grandes, rellenos de no tengo ni idea qué. Estaban bien. Nada que objetar.
Y por último un enorme plato que me costó terminar y que estaba bastante bueno. Me costó identificar sus ingredientes pero contenía desde cebolla hasta trozos de salchicha y de carne de cerdo. La apariencia es lo que más me llamó la atención: es como si todos sus ingredientes hubieran sido pasados por una trituradora. Estaban todos destrozados. El plato era un desconcierto general. Como si hubiera habido una alarma en la cocina y cada producto se hubiese colado en el primer plato que había encontrado.
Ésta fue mi primera experiencia cenando fuera.
Otro día les contaré algo sobre mi experiencia en el supermercado y lo emocionante que es comprar y comer a ciegas.


