martes, 27 de octubre de 2009
El gato
Así pues, a mediodía y tras hacer la pequeña maleta cerré mi casa mientras un nuevo Adiós sobrevolaba en el ambiente. Ellos, mis gatos, notaban que me estaba marchando de nuevo. Miraban una vez más cómo me marchaba, sin entender una vez más por qué.
La cosa realmente curiosa me sucedió al llegar a Polonia, en el mismo aeropuerto.
Justo al salir del aeropuerto de Wroclaw, en la misma puerta donde, de forma incesante, entran y salen viajeros con maletas, carros etc me encuentro con una de las escenas más curiosas que me han pasado últimamente.
Allá mismo, en la puerta de entrada, prácticamente en el mismo centro, ajeno al constante entrar y salir de personas, sentado como si de una antigua estatua egipcia de algún antepasado suyo se tratara, inmóvil, se encontraba un gato, mitad negro, mitad blanco.
Impertérrito, mientras la gente no dejaba de entrar y salir y fijarse en él, pues era verdaderamente insólito encontrar un gato en un lugar con tanto movimiento, con tanto humano, y encontrarlo tan confiado.
A pesar de que algunas personas al entrar le rozaban, él ni se inmutaba. Permaneció al menos casi veinte minutos en la misma posición de sentado mientras yo, sorprendidísimo, no dejaba de mirarlo a un par de metros. Sé algo de gatos y no me podía creer que el animal estuviera tan tranquilo en semejante situación.
La gente se extrañaba y algunos lo acariciaban.
Al final no puede evitarlo y me acerqué a él para hacerle cuatro carantoñas. Giró muy levemente su cabeza hacia mí y luego continuó en la misma posición.
Le hablé un poco como le hablo yo a los gatos. En el fondo sé que me entienden. En el fondo nos parecemos un poco.
lunes, 14 de septiembre de 2009
Bailando Tango

Hace mucho tiempo que no tenía noticias de ella ni las buscaba en absoluto, tras un final más que tormentoso.
Hoy, al llegar a casa, en skype, de repente surgió un mensaje en el que Ella me pedía ser añadida a mis contactos. Tras la sorpresa inicial me surgió la duda : ¿ había sido voluntad suya hacerlo o era consecuencia de algún endiablado intento del programa de conectar gente?
Durante unos minutos estuve pensando si aceptar o no la invitación. No parece que tuviera mucho sentido pero tras dudarlo al final decidí aceptar. Tras aceptar ella aparecía como conectada.
Esperé unos minutos a ver qué pasaba. Tras navegar un rato por internet pensé que lo mejor era eliminar el contacto y a punto estuve de hacerlo un par de veces. Al final, sin embargo, no lo hice.
Consideré que era mejor hacer un intento para saber si realmente había sido una jugarreta informática, como muy probablemente parecía, o voluntariedad suya.
Abrí el chat del programa y envié por todo mensaje un simple interrogante : "?".
Si en un minuto no hubiera respondido nadie habría eliminado el contacto.
Al cabo de unos segundos respondió. En efecto había sido algo voluntario suyo.
Chateamos de forma muy amistosa durante un buen rato. Hacía tiempo que no lo hacíamos con esa serenidad y simpatía mútua.
El diálogo era como un mirarse de reojo, como un rozarse sin querer.
En un determinado momento amablemente intentó enviarme una foto suya reciente pero con la misma amabilidad rehusé.
- Mejor que no .- le dije
- ¿Por qué no? - insistió ella un par de veces.
- No se puede hacer público todo en este mundo.- repliqué
Continuamos la charla rozándonos y esquivándonos, en una especie de tango cibernético.
-Y tú, ¿Cómo es que me has enviado la invitación para hacerme contacto tuyo? - pregunté yo.
- No se puede hacer público todo en este mundo.- contestó.
Tras un buen rato más hablando me dijo que mañana estaría en el mismo lugar a la misma hora…
viernes, 11 de septiembre de 2009
Una reunión informal (y suave)

A las cinco y media (de la tarde claro) nos dirigimos seis integrantes del equipo a lo que yo suponía sería tomar algo suave, charlar un poco, conocernos mejor, y disfrutar de las terrazas del Rynek que en esta época del año, acompañadas aún de una agradable temperatura, están llenas de gente y de vida.
Uno, que se apunta a un bombardeo, también iba en el grupo. Hablando de bombardeos: estos días se conmemora en Polonia el septuagésimo aniversario de la invasión del país por lo alemanes y hay carteles conmemorativos y exposiciones del acontecimiento por la ciudad. Siento el jefe alemán y buena parte del equipo polaca pensé que sería mejor no tocar el tema ¡pelillos a la mar!
Llegamos al local y en su gran terraza cubierta juntamos dos mesas y nos disponemos a tomar lo que yo creía que sería una caña y poco más.
Pedimos una ronda de cerveza y comenzamos a charlar mezclando lo profesional con lo privado, y dentro siempre de un ambiente distendido. La cerveza era de medio litro (medida estándar por estos lares y que a uno le sigue pareciendo exagerado). La cerveza me gusta pero no más de una o dos cañas (de medida hispana) así que con una de medio litro iba más que servido. Los caminos del señor, sin embargo, son inescrutables.
--Bueno si incluso las chicas se toman su medio litro no voy a quedar yo ahora como un pusilánime. ! Igual se podrían pensar que soy abstemio!
La tarde era agradable, la gente paseaba continuamente por la zona y las terrazas estaban animadas. Terminada la primera ronda y cuando yo pensaba que tocaba irse a casa el jefe pide una segunda ronda.
Una segunda jarra de cerveza no entraba en mis planes para nada. Ufff... bueno… habrá que hacer el esfuerzo. Seguimos hablando de todo un poco cada vez más relajadamente y de forma animada.
Al acabar esta ronda se hace la primera selección natural y dos se van a casa. Quedamos cuatro.
De repente lo que menos me esperaba: ¡una tercera ronda de jarras de medio litro! Estaba batiendo mi record personal de beber cerveza pues yo, como ustedes saben, soy un hombre de principios y éstos me incitan normalmente a tomar bebidas del tipo vodka, ron, whisky, pero no cerveza.
Habrían pasado ya más de dos horas.
Los ojos comenzaban a brillar y la conversación se animaba cada vez más. La tarde seguía cayendo y comenzaban a iluminar la terraza las luces amarillas nocturnas tanto de la plaza como del mismo local. Nuestro inglés cervecero hacía estragos a esas horas llevándose por delante cualquier estructura gramatical y la lucidez iba dejando paso a la espontaneidad.
Pasan los minutos y se va la única chica que quedaba en el grupo. Nos quedamos los últimos de Filipinas ( de Cuba en este caso).
¡¡Cuarta ronda!! Bueno, bueno esto ya rompía completamente toda previsión. La idea de una caña o café de una forma más o menos informal se hacía añicos y con la cuarta ronda de jarras, aún no me explico donde diablos he metido tanta cerveza, se daba paso a hablar de lo humano y lo divino. Yo batía nuevamente mi récord bebiendo cerveza, que había establecido apenas unos minutos antes. A estas alturas ya me sentía como Ussain Bolt.
Recuerdo haber recomendado al jefe que viera Apocalypse Now y la Cruz de hierro (hay cosas que son más fuertes que uno) y haber hablado de Roma y quién sabe de qué cosas más. Estábamos todos bastante sueltos y la conversación se iba desparramando sin mucha lógica. No recuerdo las veces que fui al baño pero al menos fueron cinco. Cada vez el camino era más tortuoso, eso sí.
Seguimos conversando en una lengua cada vez más incomprensible. Mi compañero de enfrente tenía un brillo delator en la mirada y se notaba que iba bastante doblado. El alemán aguantaba el tipo pues tradición obliga, y uno, curtido en alguna que otra batalla de este tipo, batallas cuarteleras y civiles, luchaba por el honor hispano jugando en campo contrario.
La conversación como pueden imaginarse cada vez se hacía más animada, seguramente menos coherente también, más natural, divertida, cercana, desenfadada. En definitiva ¡qué viva la Pepa!
La noche había caído ya y debían ser alrededor de las nueve y media de la noche.
De repente otro momento estelar: en medio de la animada conversación oímos en la mesa de al lado alguien que pregunta en inglés (por lo visto) si puede unirse a nosotros. Joven de unos 30 años cara y gafas de despistado, barba de unos días, sonrisa y afabilidad continuas. El joven era ni más ni menos que de Nueva Zelanda. El acento neozelandés es uffff, cómo lo describiría… es como hablar con las mandíbulas pegadas. Era un milagro entenderlo entre el alcohol y ese acento kiwi completamente inhabitual.
¡¡¡¡Quinta ronda!!!! ¡Todos los récords pulverizados! en estos momentos ¡estaba corriendo por debajo de los 9,50!
¿De qué hablamos? Pues a saber. Ni puñetera idea. No creo que el hilo se desviara mucho más de la ya errática línea previa. Recuerdo que comentó nuestro nuevo amigo lo fantásticas que le parecían las mujeres polacas y yo pensé ¡bienvenido al club! ¡my dear man!
El compañero de mirada brillante se fue poco después a casa y ya sólo quedábamos la vieja guardia. Como en el Europeo de fútbol, solo España y Alemania llegaban hasta la final.
Once de la noche. Lo que comenzó en un tranquilo encuentro para tomar algo después de trabajar se había convertido en un maratón. Por fin, levantamos el campamento y tras despedirnos tomo rumbo a casa.
Me subo al primer taxi que encuentro libre. Si cuando nombro mi calle no suelen entenderme los taxistas, y voy sereno, a saber cómo puede ser yendo bebido.
Por lo visto la pronunciación mejora con el alcohol y a la segunda repetición entiende perfectamente el destino y hasta allá me lleva.
Esta mañana alguien me dice que cree que han sido seis rondas pero eso ya sería correr por debajo de los nueve segundos y no sería posible.
Un saludo
martes, 18 de agosto de 2009
El recibimiento

Por una parte tengo ganas de volver a la ciudad, pero por otra, más siendo verano, me cuesta mucho alejarme de mi Patria: El Mediterráneo.
Lo que nunca había hecho en diez años (o más) lo hago ahora: levantarme a las 9 (am quiero decir) un domingo para ir a la playa y aprovechar algo el día antes de partir. Si me lo hubieran dicho hace un tiempo nunca habría creído que algo así pudiera ocurrir. Baño purificador en el Mediterráneo y avión hacia Polonia.
Tenía ganas de volver así que esperaba un recibimiento acorde a mi cariño por la ciudad.
Cojo un taxi y en nuevo intento infructuoso, como no podía ser de otra manera, le indico mi dirección al aparente amable taxista en mi habitual incomprensible polaco. He de decir que he llegado incluso a pensar que me toman el pelo, pues no puede ser que alguien no sea capaz tras dos meses, esté en el país que esté, de pronunciar correctamente la dirección donde vive. Debo ser el primer caso.
Tras indicarle en el mapa cual es el sitio (los mapas no me abandonaron en mi etapa profesional anterior y parece que tampoco quieren hacerlo en ésta) hacia allá nos dirigimos.
¡Qué bien estar otra vez en esta ciudad tranquila!
Al cabo de unos cientos de metros, y con la mente todavía en las aguas cristalinas que habían tenido la fortuna de acariciar mi cuerpo, cual es mi sorpresa (imagino que también la del taxista) cuando un joven extremadamente delgado y pelo rapado casi al cero sale de una parada de autobús y se nos planta en medio mismo de la calzada, se encara hacia el vehículo y hace ademanes no muy amigables al tiempo que se dirige hacia nosotros.
-Esto es a lo que yo llamo una bienvenida.- pensé en ese momento.
El taxista redujo la velocidad como si estuviera acostumbrado a la escena y mostró la misma paciencia y serenidad del que encuentra un paso de cebra cruzando una procesión de Semana Santa.
-¡Qué bien!- Un taxista tranquilo y sereno pensé.
A todo esto hay que mencionar que el joven tenía tal estado de embriaguez, perceptible claramente, que tenía dificultad en acertar con la situación del vehículo.
Por suerte, y ante lo que pudiera pasar, el citado individuo tenía un amigo en la misma parada de autobús también evidentemente borracho, aunque, no tanto como para no darse cuenta que lo que hacía su amiguete conllevaba un cierto peligro.
Así pues mientras el más borracho intentaba, a escasos seis metros de nosotros, encararnos, su amigo, con “eses” menos descaradas fue hacia él, lo sujetó, y se lo llevó a los toriles.
Pasado el suceso el conductor reanudó la marcha rumbo a destino.
Pero no acababarían ahí las emociones. Hay que decir que ya tenía yo la sensación de que algunos taxistas se toman la profesión como si estuvieran en nurbrunging pero es que ufff… en definitiva…en este caso el amigo fue un poco más allá, y así, en la circunvalación a la ciudad y a una velocidad demasiado alta, nos disponemos a adelantar a un vehículo ¡cómo no por la derecha! y de repente la joven, porque era una joven, que conducía el vehículo que pretendíamos adelantar, se le ocurre volver a su lugar correcto (no el del medio de la calzada a 80 km/h sino el de más a la derecha) en el mismo momento que fitipaldi se dispone a adelantar precisamente por ese carril derecho. Demasiadas emociones tras el alcohólico joven.
El suceso termina con frenazo brusco del conductor, volantazo, chirriar de ruedas, y su pasajero jurando en hebreo y acordándose del padre del piloto aprovechando el casi seguro desconocimiento del idioma español por parte del piloto. Apenas unos minutos en Wroclaw y dos sustos de este calibre. Esto es un buen recibiendo sí señor.
Algún día escribiré sobre los taxistas en la ciudad porque dan para un par de comentarios. A favor del piloto hay que decir que te jugabas la vida con él, cierto, pero al menos estaba medianamente limpio (el taxi quiero decir, pues él seguramente debía tener antecedentes por conducir a más velocidad de la debida) y no parecía que usara la parte trasera del taxi como gallinero una vez terminada la jornada laboral.
Por suerte en la ciudad se comportó decentemente y me dejó sano y salvo en mi destino.
A las diez de la mañana estaba bañándome en una playa estupenda y apenas unas horas después estoy en otra ciudad estupenda, aunque con mucho menos calor, tras haber arriesgado la piel ¡quién ha dicho que la vida no es estupenda!
lunes, 3 de agosto de 2009
Madrid
Recientemente he estado en Madrid dos semanas por trabajo y apenas he tenido tiempo para nada.
De Madrid me llevo el recuerdo de muchísimo calor, demasiado para mi gusto cuando no hay ninguna playa cerca; gente estupenda con la que he trabajado este tiempo y mucho trabajo. Además de la clara percepción de estar en las afueras de la ciudad en medio de la cruda meseta castellana. Not for me my love. Es de valorar trabajar en el mismo centro de la ciudad, como ocurre en Wroclaw, y no en un páramo semiperdido.
Hoteles por esa zona había poco donde elegir: básicamente dos. Creo que elegí el peor.
En medio de la carretera que va de las rozas a El Escorial allá se alzaba (es un decir pues es de una planta solamente) el hotel donde me alojé. Incomunicado con todo salvo con la típica gasolinera de autovía que me salvo de morir de inanición, que hizo las veces de cocina improvisada en medio de la nada. Cual oasis en medio del desierto donde a lo Peter O’toole obtienes un poco de agua y con algo de suerte no te disparará Omar Sharif.
Por momentos también me acordaba de aquellas películas donde aparecía un motel de carretera sin nada alrededor.
Dos semanas como digo de bastante trabajo, en un ambiente muy agradable hasta donde he podido ver aunque, para ser sinceros, prefiero Wroclaw.
Semanas de tiempo comprimido: Llegar pronto a trabajar y salir casi tan tarde como el que más, con un calor de mil demonios a las 6 de la tarde, calor que nunca encontrarías en Polonia ni el día más caluroso de julio a las 12 del mediodía. Viernes donde un avión espera para llevarte a Girona, tras varias horas de contemplación y reflexión en Barajas: los aeropuertos son, cuando la espera es grande, un tiempo de reflexión permitido en tu vida, un paréntesis que te aísla y te sugiere: “look man: you are here”.
A pesar de llegar casi a media noche, algún buen amigo nos daba cena en su restaurante siempre acompañado por más amigos y tras charla, cena, y alguna copa coche hasta, por fin, casa.
Y es cuando llegas a casa que te das cuenta que estás combatiendo más allá del rhin como Germánico con sus legiones. ¡Varo devuélveme mis legiones! !quintilus varus devuélveme mis legiones!
Porque la paz que encuentras ahí no la percibes en ningún otro sitio.
Pero este verano va a ser corto, muy corto. Por tanto el sábado toca levantarse temprano y aprovechar este día maravilloso de verano, esta luz mediterránea brillante, cegadora, en la que nunca antes habías reparado, y que ahora te parecen destellos de algún Dios menor (tenía que decirlo siempre me ha gustado esta expresión).
La vida ya no se bebe despacio. Todo va demasiado deprisa.
Y el sábado pasa rápido intentando apurar el mar, la arena, el sol, los compañeros de piso (gatos), los amigos, y todas esas pequeñas cosas que te recuerdan que eres de allí más que de ningún otro sitio.
Y sin tiempo para nada más ya estás el domingo levantándote para ir a coger el avión a Madrid. Taxi al hotel de Norman Bates y a combatir una nueva semana.
Y así transcurrieron dos semanas en Madrid y Girona hasta que tocó volver a al otro lado del telón de acero :)
domingo, 21 de junio de 2009
Comida polaca
Para ser sincero mi experiencia con la comida polaca es extraña porque la mayoría de las veces he sido incapaz de identificar lo que estaba comiendo. En los restaurantes no me preocupo demasiado en saber lo que como y me limito a solicitar que sea comida polaca. En los supermercados mi total ignorancia del idioma impide que tenga un mínimo conocimiento de qué estoy comprando, así que en esos casos la emoción al llegar a casa está asegurada.
Es cierto que la apariencia de una pechuga de pollo no cambia demasiado de un país a otro, por muy diferentes que sean los pollos; pero aún así les puedo asegurar que el sabor sí que cambia.
El otro día estuve en la plaza principal de la ciudad y cené en la terraza de un precioso restaurante. Bajo el toldo que cubría la terraza podía ver a la gente paseando a esa hora de la tarde, y disfrutar de la visión de las preciosas fachadas que adornan la plaza quién sabe en que época fechadas.
Dispuesto a degustar la cocina local pedí al camarero que me trajese un par de platos típicamente polacos y, sinceramente, no me preocupé demasiado en saber qué ingredientes contenían.
En primer lugar me trajo, para ir haciendo boca, unas rebanadas de pan integral junto con un bol que contenía una masa blanca que yo desconocía.
Pensé que sería la versión polaca del paté y que era un aperitivo así que me dispuse a probarlo con la ilusión del que prueba algo nuevo, con la ilusión del que espera salir entusiasmado.
Que conste que en general la comida me está gustando bastante así que, vayan mis disculpas por delante por la descripción que haré del sabor de la citada “masa”, pero creo que la siguiente es la descripción más precisa.
¿Recuerdan ustedes esos jabones de antes que se fabricaban caseramente y con los que se lavaba en el río? ¿Los tienen presentes? Bien, pues quítenle ustedes los principios activos que sirven para la limpieza, y obtendrán exactamente el mencionado “pate”.
Igualito al citado jabón en textura, color y diría que hasta en sabor.
Lo probé, lógicamente, y les prometo que, en el segundo o tercer bocado, súbitamente pasó por mi mente la posibilidad de que en realidad no fuera comestible y que simplemente fuese algún elemento de limpieza personal antes de empezar a cenar, como el agua entre algunos platos para lavar un poco los dedos. Alcé ligeramente la vista por si alguien en el comedor estuviera horrorizado ante la escena, pero todo parecía tranquilo. Por si acaso, y tras cerciorarme con un nuevo bocado de que el mejunje era tan insípido como parecía, preferí esperar a la siguiente delicia culinaria.
Empezamos bien.- pensé.
A continuación un generoso plato de algo similar a los raviolis pero más grandes, rellenos de no tengo ni idea qué. Estaban bien. Nada que objetar.
Y por último un enorme plato que me costó terminar y que estaba bastante bueno. Me costó identificar sus ingredientes pero contenía desde cebolla hasta trozos de salchicha y de carne de cerdo. La apariencia es lo que más me llamó la atención: es como si todos sus ingredientes hubieran sido pasados por una trituradora. Estaban todos destrozados. El plato era un desconcierto general. Como si hubiera habido una alarma en la cocina y cada producto se hubiese colado en el primer plato que había encontrado.
Ésta fue mi primera experiencia cenando fuera.
Otro día les contaré algo sobre mi experiencia en el supermercado y lo emocionante que es comprar y comer a ciegas.
sábado, 13 de junio de 2009
Ligeia
Ella estaba sentada en un banco, hablando con alguien. Elegantemente vestida, discreta, y con uno de los más bellos rostros que él recuerda nunca haber visto. Labios, ojos, nariz, pómulos, cabello; cada mínima parte de su semblante conjuntaba, con las demás, en perfecta armonía, una de las más bellas caras que haya tenido oportunidad de admirar. Su visión era deslumbrante. Como mirar de repente al sol de mediodía tras meses de oscuridad. La habría tomado para siempre sin necesidad de haber intercambiado una sola palabra con Ella. Podría haberla amado sin necesidad siquiera de saber su nombre. No lo necesitaba. Volvió ligeramente sobre sus pasos y la admiró nuevamente, con disimulo, mientras su mente volaba y se alejaba, se perdía.
Ella sonreía, perdida en su conversación. Su rostro dulce, carnoso, perfecto, era la reencarnación de la divinidad misma.
Su maravillosa presencia era como un canto de sirena embriagador que lo abarcaba todo, y que a todo atraía y atrapaba.
El, entonces, pensó que era mejor irse. Como Ulises, tapó sus oídos antes de que fuera demasiado tarde, y se fue lentamente alejando del lugar. Pensaba que probablemente no volvería a verla nunca más. Pensaba que posiblemente pasaría mucho tiempo antes de volver a sentir algo semejante. Y así, la fue dejando atrás para siempre.
Ella nunca podrá imaginar lo que sucedió esta tarde. Nunca podrá imaginar que un desconocido, al menos por un instante, la ha amado.
Este post es para Ella.
viernes, 12 de junio de 2009
Smietnik

Esa pregunta me llevaba haciendo casi una semana hasta que por fin lo he descubierto.
Cuando por primera vez tuve que tirar mi primera bolsa de basura caí en la cuenta que en la calle no había visto ningún contenedor en todos estos días, o esa sensación tenía yo.
- ¡Bah! – pensé- será únicamente porque no me habré fijado en ellos al caminar por la calle de tan ocupado que voy ¡cómo no va a haber contenedores de basura!
Oliéndome ya algo desagradable, y no me refiero a la inmundicia de la que me quería desprender, salí sin la bolsa porque tenía el presentimiento de que no iba a ser tan fácil encontrar un contenedor. No quería pasarme un buen rato paseando con una bolsa de desperdicios en la mano y tener que traerla a casa, como si hubiera sacado a pasear al perro, haciendo nuevamente lo que ya en este blog conocemos como la “gran figura di m***a”.
Comienzo mi casual paseo y me doy cuenta que alrededor de mi edificio no hay ningún contenedor. Sigo caminando en dirección al centro y confirmo mis sospechas: ni asomo de contenedores o recipientes similares. En realidad lo más parecido que vi a un contenedor de basura fue el tranvía de las 8: 45 que, impuntual como siempre, pasaba para recordarme que ya no se hacen trenes tan duraderos como antes.
Un tanto sorprendido, más turbado (perdón) que al salir de casa me preguntaba cómo era posible que no hubiera visto ninguno.
¿Qué hará esta gente con la basura?-comenzaba a preguntarme inquieto. Seguro que la tienen que echar en algún sitio para que algún camión se la lleve. La idea de toda la población de Wroclaw en procesión a las cinco de la mañana, tipo zombi, hasta el vertedero para arrojar sus desperdicios me resultó muy graciosa y relajó el paseo pero no me parecía demasiado creíble.
Entré en casa nuevamente, desconcertado, y comencé a pensar dónde diablos podrían estar.
-Bah! Ya está. Estarán detrás del edificio.
He de comentar que vivo en un edificio de 4 plantas que, junto con los colindantes adopta una forma semicircular que permite albergar un espléndido parque en ese espacio.
-Estarán en la parte posterior.- pensé- No hay otra posibilidad.
Bajé nuevamente, ansioso por desvelar el misterio.
Me dirigí a la parte trasera y ante la extraña mirada de nuestro vigilante de seguridad (que tiene allí su cuarto de vigilancia, cámaras y demás) me dispuse a buscar mi preciado botín.
-¿Qué estará buscando éste?- seguro que se preguntaba el vigilante.
Yo, he de reconocer que un poco por pudor, preferí no preguntar nada, pues me daba algo de apuro la situación. Por supuesto no encontré nada. Lo intentaría al día siguiente.
Al día siguiente en el trabajo comenté como quien no quiere la cosa, de pasada, que no había visto ningún contenedor por la ciudad y que me parecía curioso el hecho. No dije que lo estaba buscando desesperadamente pues de una bolsa de basura había pasado a tener tres en casa y la situación empezaba a ser preocupante. Me advirtieron de que normalmente suelen estar en la parte posterior del edificio e incluso un compañero comentó que hacía tiempo se tiraban a una especia de ascensores especiales que se la llevaba y blabla. Preferí obviar esa posibilidad porque me parecía alucinante.
Tras volver del trabajo miré nuevamente en la parte posterior y corroboré que por allá no había contenedor de ningún tipo ni nada que se le pareciera (el tranvía ni pasaba por allí), así que mi desconcierto crecía por momentos. El asunto comenzaba a apestar.
Envié un mensaje por teléfono al dueño del piso y entonces en un sms recibí la palabra mágica y salvadora, aquella que me rescataría del mundo de la porquería y me devolvería al de la limpieza. La clave: smietnik.
En el mensaje me comentaba que la basura estaba en la parte posterior y que el recipiente se llamaba smietnik, que buscara esa inscripción.
Repetidas veces había estado allí y aparte del vigilante no había ni rastro de nada parecido a un contenedor (no sugiero con ello que el vigilante se pareciera a un contenedor, entiéndanme bien). Ya no entendía nada.
A todo esto, para rematar mi desconcierto, en pleno relevo de guardia entre vigilantes, una escena horripilante aparecía ante mis ojos: uno de los vigilantes no tuvo ningún reparo en sacarse los pantalones dentro de la oficina y quedarse en calzoncillos, a lunares grandes azulados, que no tuve más remedio que ver y que nuevamente desdramatizaban el asunto un poco (el de la basura no el de su ropa interior). Lo peor no es que se hubiera quedado en calzoncillos con lunares azules grandes a la vista del que pudiera pasar por allí, lo peor de todo es que ¡seguía con la gorra puesta! Terrible. Imagínense la escena por un momento.
Pero volvamos al caso que nos ocupa. Ya cansado de no encontrar el contenedor y temiendo por la salubridad de mi hogar y del vecindario (no a causa de la ropa interior del honrado vigilante sino por la basura acumulada por mí) me decidí a preguntar a los dos guardias (una vez que comprobé que los dos tenían los pantalones puestos) por el famoso smietnik.
Móvil en mano, con mensaje donde la única palabra en polaco era smietnick (basura), me dirigí hacia los caballeros- hacia el caballero y el hombre de slip con lunares azules quiero decir-.
Y entonces es cuando sobrevoló la tragedia, nuevamente, en mi vida.
Mi idea inicial era dirigirme a ellos y como ni yo sabía polaco ni ellos inglés, soltarles directamente: ¡smietnick! Y esperar que me indicasen el lugar apropiado.
Un rayo de sentido común paso por mi mente al cabo de unos segundos y pensé: “No. Mejor no dirigirse a dos desconocidos, vigilantes de seguridad, quizá con armas de fuego, de gatillo fácil incluso; uno de ellos seguramente trastornado aún por la traumática visión de su compañero en semejantes paños menores, y decirles a la cara, sin premeditación, de sopetón, a las bravas: ¡basura!”. No, mejor que no.
¡Quién sabe cuán susceptibles pueden ser! ¡Lo mismo se lo toman a mal! Y lo peor sería, en caso de sobrevivir al tiroteo, intentar dar luego una explicación plausible.
Así que, mejor pensado, me fui hacia ellos tranquilamente y con mucha calma y mayor amabilidad enseñé al caballero (pues sólo había uno) el mensaje y concretamente la palabreja de marras.
¿Smietnick?- se preguntó. ¡¡Ah smietnik!! –continuó una vez que comprendió mediante gestos que quería yo tirar algo ahí.
Y entonces todo se resolvió: en perfecto incomprensible polaco me acompañó apenas unos metros y ante mi sorpresa señaló una puerta perfectamente acristalada, a modo de cajero automático, muy cuidada tanto la entrada como el habitáculo interior, y en el citado habitáculo dos espléndidos contenedores de basura de plástico verdes del tipo que todos ya conocemos.
Ni que decir tiene que me pareció sorprendente que “cuidaran” tan bien a sus basuras. Protegidas de la intemperie, de algún vándalo incluso, hasta de algún ladrón de basuras. En realidad el habitáculo era posiblemente algo más amplio que el que tenían los propios vigilantes para cumplir su tarea. La basura mejor tratada que había visto en mi vida.
Agradecí enormemente al amable vigilante su indicación y feliz, tras unos minutos, deposité allí toda la inmundicia acumulada. Por fin.
sábado, 6 de junio de 2009
Un tranvía llamado deseo

Uno, que es de ética irreprochable, sólida, incorruptible, nunca se permitiría colarse en un transporte público y no pagar en un transporte que es de todos; y menos en un país nuevo que me está tratando tan bien.
Además, es bueno pagar porque con esa pequeña aportación monetaria la red de tranvías de Wroclaw puede seguir manteniendo en funcionamiento esos ejemplares de tranvía prehistóricos, piezas de museo caras de mantener, y que sólo así pueden seguir en funcionamiento.
Con esa noble intención me dirijo a una de las máquinas expendedoras de billetes.
La máquina tiene un aspecto un tanto lamentable. Introduzco un par de monedas para intentar obtener un billete y cual es mi sorpresa cuando devuelve mis monedas y alguna más. Sorprendido vuelvo a intentarlo y esta vez además de no darme el billete, se queda con alguna de mis monedas. Sigo intentándolo y se sigue repitiendo el juego: a veces se queda alguna moneda, otras me devuelve de más. Aquello parecía un casino. El billete al final no sale. Al cabo de unos minutos llegan unas señoritas y tras solicitar su colaboración acabamos concluyendo que la máquina o está rota o realmente había pertenecido antes a una sala de juegos.
Mi deseo era realmente obtener ese reglamentario ticket que me permitiera viajar, cual ciudadano ejemplar, por la red de tranvía de la ciudad, sin sentimiento de culpa por no haber contribuido, así, como dije antes, al mantenimiento de esas piezas de museo que son algunos tranvías.
A todo esto un nuevo coche está llegando y yo no tengo billete así que por mi mente pasa el tomarlo igualmente y asumir las consecuencias en caso de ser pillado in fraganti (calabozo, deportación, asistencia a concierto del coro del ejército rojo): el honor mancillado.
Subo y en un par de paradas estoy en mi destino. No había sido mi deseo que sucediera así pero ya ven ustedes que corto es el camino hacia la delincuencia, hacia la perdición. Ya ven ustedes qué fácil es apartarse del recto proceder. En mi descargo he de decir que las circunstancias me forzaron.
Paso un par de horas de ocio disfrutando de mi famoso zumo de naranja, al lado de un acuario en el que, entre otros especímenes, figuran un par de tiburones (y esto va en serio), me como un tiramisú estupendo y me dispongo nuevamente a volver a casa.
Mi deseo vuelve a ser el de obtener el preciado billete en una nueva máquina, pero está fuera de servicio así que me quedan dos opciones: andar hasta otra parada e intentar adquirirlo allí o volver al bandolerismo.
Me decido por el asalto al tranvía. Recorro las dos paradas que me separan de mi destino y me apeo. Eso fue ayer.
Hoy he tomado el tranvía tres veces y ni siquiera me he parado a mirar si había alguna máquina expendedora cerca. Directamente me he introducido en el vagón.
Prometo volver pronto al buen camino y contribuir con mi dinero a que los tranvías de la ciudad cumplan otros cien años más de servicio.
Ese es mi deseo.
martes, 2 de junio de 2009
Sábado 30 mayo 2009
Seguramente este no será un día de tantas emociones. Me vendrá bien descansar un poco.
Me levanto con la intención de averiguar si hay habitación libre en un hotel bastante cercano a mi trabajo y con mucha mejor apariencia.
Son las 9 de la mañana así que podré conectarme a Internet en el centro comercial Arkady y reservar una habitación. En la recepción de mi actual hotel me informan que habrá un corte de luz desde las 10 de la mañana hasta las 12. Lo de este hotel verdaderamente no tiene nombre.
Tras efectuar la reserva vuelvo a mi hotel, salgo mirando probablemente por última vez los interiores, especial atención a la alfombra, y cojo un taxi para ir a mi nuevo alojamiento.
El nuevo hotel es completamente diferente: 4estrellas de una calidad muy superior a la del precedente. Todo es mucho mejor. Es como avanzar en el tiempo 40 años.
Dejo los bártulos y me vuelvo a mi rincón favorito en la ciudad hasta el momento: cafe lulu, en el mismo centro comercial. Pido mi zumo de naranja reglamentario a la preciosa camarera y me conecto a la red toda la mañana.
Luego voy a comer. Pido búfalo con patatas. Está todo bastante bueno. Al terminar vuelvo al hotel a descansar en la habitación.
La cama de la habitación tiene un mullido excepcional y realmente es una de las mejores camas en las que jamás haya estado. Es realmente fantástica.
Intento averiguar el secreto de tanta comodidad y compruebo que sobre lo que sería el colchón normal, tiene uno mucho más delgado, a modo de especie de colchoneta. La cama es increíblemente cómoda, una gozada.
Es sábado y se supone que un sábado noche uno no debería pasar su tiempo en casa o en el hotel así que habrá que salir solo esta noche a dar una vuelta y conocer un poco la night life.
¿solo? Bien pensado mantengo contacto con alguien de la ciudad, amigo de un irlandés con el que también mantengo contacto vía correo electrónico por motivos de alquiler de vivienda (long story).
Después de todo no estaría mal salir con alguien de la misma ciudad. Podría mostrarme los lugares más lujuriosos e interesantes de la ciudad y podría conocer algo de gente.
Dicho y hecho: le envío sms manifestándole mi deseo algún día de invitarlo a una cerveza y tener así la oportunidad de conocerlo personalmente y agradecerle su interés por echarme una mano. Me responde que ese mismo día podría ser así que acordamos hora aproximada.
Salgo del hotel y cojo el primer taxi disponible. Imagino que sospechando de donde podría ser yo, me pregunta el taxista mi origen y al saber que venía de Barcelona comienza a hablarme en español y comentarme que había vivido una temporada en España. Es un joven muy amable y disponible así que aprovecho para plantearle un par de cuestiones relativas a la vida en la ciudad.
Al final nos intercambiamos el número de teléfono. Siempre es bueno tener contactos. Como decía un amigo mío: "hay que tener amigos hasta en el infierno". Además cuando mis amigos españoles vengan a visitarme, podré echar mano de un taxista con conocimiento de español, lo que siempre será buena cosa.
Pretendo cenar algo así que me voy a la famosa "taberna espanola". La plaza principal de wroclaw es un bullicio a esa hora (8 de la tarde), con gente paseando por la plaza y sentada en las terrazas de bares y restaurantes bebiendo o comiendo algo. Hay mucho ambiente y, como siempre, la presencia de preciosas mujeres es constante. Hace algo de frío Entro en la taberna y compruebo que el interior está lleno así que no me queda más remedio que comer algo en la terraza.
Larga espera para ser atendido. La camarera se la ve una criatura tranquila y a la que no parece afectar el hecho que haya gente esperando. El estrés no va con ella. Pido una tortilla de patatas con intención luego de pedir otro plato. Gran tortilla y la verdad es que bien hecha. Lo peor es que tengo que esperar nuevamente largo tiempo para pedir y más aun para que me traigan el segundo plato. El servicio realmente es lamentable así que para comer una tortilla en el futuro, o bien la pido por teléfono mientras me dirijo al lugar o entro un día en que no haya prácticamente nadie.
Al final salgo más resignado que cabreado y envío sms a mi nuevo amigo para concretar punto de reunión. Tras unos minutos aparece y nos saludamos afectuosamente. Es un chico agradable, medio polaco medio anglosajón, y se revelará una agradable compañía. Espero que su impresión hacia mí haya sido similar.
Nos dirigimos a tomar algo mientras intentamos conocernos un poco más. Hacemos comentarios sobre mi nuevo trabajo en Wroclaw, sobre el suyo (profesor de inglés), sobre mis primeras impresiones de la ciudad y también del sexo opuesto. Luego decidimos ir a tomar algo en el interior de un pub y no en terraza. Yo realmente tenía frío a esa hora, aunque igual para mi acompañante frío es estar a -10 y esa temperatura le parecía hasta agradable.
domingo, 31 de mayo de 2009
Segundo día de emociones

Tenía cita en el trabajo a las 11 30 en uno de los edificios emblemáticos de la ciudad. Recién construido edificio de oficinas donde tienen su sede varias multinacionales. Centro de la ciudad. Perfectamente situado. Llego debidamente trajeado (como no es normal en mí) y preparado para estampar mi firma con mi nueva Compañía. En recepción pregunto por la persona con quien tengo la cita: una chica polaca muy probablemente, a tenor de su apellido. Menciono su nombre (relativamente fácil de pronunciar) y también su apellido. La recepcionista sonríe levemente y corrige la pronunciación del apellido de tal forma que no había absolutamente ninguna similitud entre mi pronunciación y la suya, ninguna. De hecho tardé unos segundos en darme cuenta que estaba pronunciando la misma palabra. Espero un par de minutos la llegada de mi partner y ante mi presencia de repente se planta una joven que me saluda y a la que yo igualmente saludo. Nos dirigimos al ascensor y ya dentro empiezo a darme cuenta que en realidad aquella joven seguramente no es polaca, ni siquiera es joven, ni siquiera es una chica, quizá ni siquiera humana. Es mucho más: es una Diosa del Olimpo, algo absolutamente maravilloso caído del cielo.
Comienza a hablar en un muy buen inglés y a explicarme aspectos del contrato pero yo, que ya me había dado cuenta que llevaba un escote del tipo "mantengamos firme la base para que puedas salir por arriba" tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no quedarme embelesado ante tan impresionante panorama. Fascinante, y esa parte de su anatomía era realmente digna, créanme, de una escultura de Miguel Ángel o de una pintura para el Museo del Prado. Espectáculo absolutamente maravilloso. Increíble.
Durante bastantes minutos la tuve sentada a mi lado mientras ella me ofrecía explicaciones y hacía señalaciones sobre los documentos. Mi vista no podía evitar toparse con esa maravilla de la naturaleza antes de llegar a la mesa. Cuando se admira arte de verdad la emoción nos llega a embargar.
Firmé los documentos como hubiera firmado alistarme a la legión extranjera pues mi mente estaba en ese momento en pantallazo azul, con fatal error system incluido.
Me hizo un par de recomendaciones más sobre mis inicios en Wroclaw (ciudad que cada día me gustaba más).
Al cabo de unos minutos, sin ninguna excusa por medio para permanecer allí, tuve que partir hacia el reconocimiento médico para demostrar a la compañía que uno está medianamente sano.
Ya en la calle e impresionado aún por la visión divina que había tenido ocasión de presenciar a 10 cm, y con la emoción de quien ha visto arte en su máxima expresión me apresuro a coger un taxi para no hacer esperar demasiado al doctor.
La visión de la señora taxista me hizo topar bruscamente con la realidad, pasando de lo divino a lo humano en el justo tiempo que tardé en tomar asiento en el taxi. Le indiqué la dirección del centro médico y hacia allá fuimos.
Más chicas guapas al llegar y enseguida me hacen pasar con la oftalmóloga. Veo perfectamente todas las letras y todo va estupendo pero aún así me comenta que en un par de años es muy probable que necesite gafas, no por nada en particular sino porque por cuestión de edad es bastante común. No es ella sabedora de mi agudeza visual como apenas minutos atrás había demostrado.
Luego paso a ver al médico y tras hablarme en polaco le digo que lo lamento pero que no sé el idioma.
- Aún.- completa él la frase, de un modo no excesivamente amable para mi refinado gusto. Parece que espera que todo el que llegue esté deseando aprender el idioma.
Como no tengo la suficiente confianza con el sujeto, y tampoco la completa seguridad de que haya hecho el comentario para tocar el par (par masculino éste a diferencia del femenino antes mencionado) prefiero no mandarlo a tomar por allá. El sujeto es de unos 50 años con algún kilo de más, rubio, maneras no excesivamente amables aunque sin caer en la mala educación. Habría casado bien en el antiguo régimen stalinista haciendo reconocimientos médicos a diestro y siniestro (más bien a siniestro). Pasaría por el típico médico de la época que, tanto te podía recetar unos antigripales, como mandarte a tomar por c´**o directamente.
Me reconoce y concede que estoy sano como un roble. Todo normal.
Salgo a recepción a la espera del certificado (poco más grande que una multa de aparcamiento) y mientras espero noto que una morena alta está esperando también consulta. Atractiva mujer.
Tras el reconocimiento médico creo que es hora de tomar mi primera comida medio decente en Polonia así que me dirijo al centro comercial Arkady (en realidad paso más tiempo ahí que en el hotel) y busco algún restaurante en su interior. Todavía es algo aventurado comer en un restaurante polaco pues desconozco totalmente el idioma.
Cansado, me fui a lo fácil y me comí una ensalada en un italiano y un pollo a la cacciatora.
A las 4 había quedado con las chicas de la agencia del día anterior para ver un par más de apartamentos así que me dirigí al punto de reunión: Hotel Polonia.
Tras el repaso visual de rigor de nuestro hotelero, espero unos minutos a que lleguen mis contactos.
A todo esto llueve y hace frío y eso que estamos en Junio. Ni que decir tiene que no me he traído ropa de invierno (normalmente en junio la tengo guardada).
Llegan hasta mi altura y con un grácil movimiento me introduzco en el vehículo. Viene una chica que había conocido el día anterior y a su lado una nueva muy maja. Alta, rubia, delgada y para ponerle otro piso en alcobendas al lado de la chica de recepción del otro día. Realmente atractiva.
La saludo como diciendo :" joder que buena estás tu también"
Tráfico pesado. Una de las virtudes de la chica empiezo a darme cuenta que no es la conducción. Con más pena que gloria llegamos a aparcar cerca del apartamento. Nuevo, bonito, en una buena zona y quizá el que acabe adquiriendo. Salvo que el amigo que conoceremos a continuación me haya identificado.
Y es que la emoción fuerte del día llega cuando la chica quiere sacar el coche del lugar de estacionamiento una vez visto el piso. Lo había aparcada razonablemente bien pero sacarlo fue toda una odisea. Se le puede perdonar porque era guapa, elegante e interesante.
Primero intenta hacerse espacio y no encuentra mejor modo que golpear repetidamente el paragolpes del coche aparcado detrás: marcha adelante y golpe hacia atrás, ese parecía ser el plan. Lo golpea una vez, y otra, y otra, pero el vehículo sufridor, digno él, va aguantando las embestidas. En cierto momento le sugiero que se suba a la acera y que lo saque por el paso de cebra. No es muy ortodoxa la solución pero me parecía la menos dañina para el parque automovilístico cercano. Sigue lloviendo y en la enésima embestida me percato que un señor, con cara de llevar un rato sufriendo, en el soportal cercano, observa medio desesperado las maniobras delicadas de nuestra conductora y ante cada golpe parece reaccionar como si fuera él quien en realidad lo recibiera .
Acompaña su gesto de dolor con unas palabras y tengo la sensación de que, a pesar de que muy probablemente fuera polaco el señor, en ese momento estaría utilizando el Arameo, juramentos en Arameo probablemente. Ni que decir tiene que mis dos acompañantes féminas, tan atentas siempre a la conducción, parecían estar más pendientes de intentar desguazar el otro vehículo que de cualquier otra circunstancia.
Llegado un punto, a pesar de la lluvia que arreciaba en aquel momento (salvadora para nosotros), el recitador de arameo comenzó a caminar hacia nuestro vehículo y no hacía falta ser muy listo para darse cuenta que el coche vilmente maltratado era SU coche y que el cabreo que tenía era importante tras haber presenciado la macabra escena.
Difícil salida comenzaba a tener aquello sin que hubiera derramamiento de sangre por medio, tras el de pintura.
En el último momento, y seguramente para mayor escarnio, cabreo y mofa hacia nuestro recitador de lenguas antiguas; en el preciso momento en que el buen señor estaba a medio camino entre la sequedad del soportal que tanto le había costado abandonar y su coche, y por tanto se estaba poniendo hecho una verdadera sopa (llovía a rabiar); en ese preciso momento en que tras haber visto tantas embestidas contra su antes digno paragolpes se decidió a actuar, ante la constatación de que en un par de minutos la citada pieza pasaría a formar parte del museo de los horrores automovilísticos, en ese mismo momento, créanme, la chica logró sacar el coche e incorporarlo a la rotonda que giraba la plaza.
Nuestro amigo, a medio camino ya como he comentado, deshizo el camino andado apresuradamente, mientras la tormenta terminaba de redondearle la tarde. Yo, en el coche, detrás, no sabía si reír, llorar o rezar por su alma, y, mientras tanto, ellas, completamente ajenas a lo sucedido, encaraban rumbo nuevamente a la zona de mi hotel como si absolutamente nada hubiera pasado.
Lógicamente los posteriores cambios repentinos de carril, acelerones bruscos, frenazos, bocinazos etc no me hicieron el más mínimo efecto tras el episodio vivido y solo di gracias a Dios por llegar sano y salvo.
Realmente la belleza tiene algo de inocencia porque estoy seguro que la guapa conductora no se percató de la tragedia causada. Porque no tiene otro nombre que tragedia el hecho de tener tu coche aparcado a unos metros de ti y pretender guarecerte en un soportal unos minutos esperando a que acabe la inesperada tormenta, para volver quizá al calor del hogar con tu mujer y los niños tras una jornada de trabajo, y, en lugar de eso, ver como una chica joven a manos de un fiat se dedica a destrozar tu coche inmisericordemente, sin piedad, y sin ningún tipo de provocación previa. Encima cuando quieres ir a solucionarlo, tarde, te encuentras que además de sin coche acabas empapado. Juzguen ustedes.
Al cabo de media hora de este sangriento episodio había quedado con otra chica de otra agencia. Ésta conducía con más seguridad en sí misma aunque de forma un tanto arriesgada. Vimos un par de pisos horribles dignos de figurar también en el museo de los horrores haciendo compañía al ya a esas horas insalvable paragolpes, y quedamos en ver más al día siguiente en el centro.
Había feeling entre los dos y nos reíamos bastante. Al final me acompañó al centro comercial porque por lo visto tenía que comprar algo (que al final no compró). Le ofrecí tomar algo en un café muy acogedor del propio centro comercial y aceptó y allí estuvimos hablando y riendo casi dos horas. Por unos momentos llegué a pensar que tendría sexo en Polonia incluso antes que piso, lo que, aún siendo una idea atractiva, no dejaba de ser realmente extraña.
Tomamos un par de consumiciones y, ya a punto de cerrar el centro, nos despedimos hasta el día siguiente.
A continuación me dirigí a mi hotel pensando en el pobre hombre, que estaría seguramente en casa acordándose de todos los apóstoles del antiguo testamento y buscando algún desguace donde poder vender a peso lo que quedaba de su paragolpes.
Hotel, ascensor que te lleva a otro tiempo y tras recorrido serpenteante e incierto por la alfombra roja floreada llegada a la habitación para terminar un nuevo e interesante día.
Primer día: 27 de mayo de 2009
Día 27 mayo 2009
Salida del aeropuerto a las 12.35. Compañero de viaje parecía ser un sacerdote o similar. Durante el viaje saco un a bolsa de no se qué y me invitó muy amablemente. Un tío majo se le veía al hombre. Yo decliné la invitación. Luego, durante el viaje, intercambiamos un par más de comentarios, relativos al libro que un servidor iba leyendo (comentario a la guerra de las galias) y al final me deseó feliz estancia en Polonia,
Aterrizaje en Wroclaw. Aeropuerto más pequeño de lo previsto por mí. Esperando la maleta me di cuenta que la mujer polaca prometía, no me equivocaría. En la salida de equipajes estaba el típico funcionario policial de mediana estatura, delgadito, con cara de husmearlo todo y de sospechar de cualquier movimiento, sacado de cualquier película sobre la guerra fría. Al otro lado, el típico bestia uniformado que seguramente a la mínima indicación del primero te da dos sopapos.
Salida del aeropuerto, tomo taxi a Wroclaw, mucho verde, amplios campos, amplios espacios. Llego a la ciudad. Ciudad amplia, espaciosa, algo abandonada en algunos edificios. Alterna el típico edificio enorme y descuidado estilo soviet, con otras edificaciones mucho más bonitas aunque mejorables en cuanto a su limpieza exterior.
Me dirijo al hotel Polonia. Hotel de no muy buenas recomendaciones por usuarios del mismo según comentarios leídos en Internet pero el único que pude conseguir el día anterior, relativamente cerca del lugar de trabajo. Se suponía que el hotel debería tener Internet pero la chica de recepción me indica que sería vía modem y blablabla. En definitiva, que no tendría Internet.
Subo a la 3 planta. Hotel viejo, descuidado, con las alfombras seguramente conservadas de cuando Lenin vino a inaugurar algo en la ciudad. Hacía tiempo que no veía unas alfombras de ese tipo, desgastadas a más no poder. Lo mejor estaba aún por llegar.
Llego a la 3 planta en ascensor y me dispongo a buscar mi habitación. Impresionante. Nunca habría pensado que en una planta pudieran caber tantos pasillos, cruzándose de todas las formas posibles. Empiezo a buscar y la sensación era la de estar vagando sin rumbo por una especie de laberinto de altísimo techo,. La alfombra me acompaña durante todo el camino. Quién sabe cuantos metros y metros de alfombra se hicieron para este hotel. Nunca había visto una maraña tal de pasillos en una planta, que parecía de un tamaño realmente impensable. Un pasillo salía hacia la derecha, luego de él salía otro hacia la izquierda y otro más en oblicuo, luego otro más y otro y aquel que se cruza: Impresionante. Al final encontré la habitación: espaciosa como todo aquí parece ser pero de bastante baja calidad.
Mención especial merece el señor-personaje-individuo-especimen que habita el hotel en su pasillo de entrada. Es personaje de la era soviética en toda su dimensión: cara de desconfiado, sentado normalmente en una esquina del pasillo observando quien entra y sale, camisa comprada el mismo día que la alfombra (seguramente venía de regalo con ella), andar renqueante como si arrastrara alguna vieja dolencia o herida (quién sabe si persiguiendo a algún cliente), hombre de pocas palabras (lift there, lift here, ). Es exactamente el típico esbirro que en toda película acompaña al malo inteligente pero que no dice una palabra salvo para preguntarle al jefe si le atiza al bueno. Es el que primero se enfrenta al cary crant de turno a base de fuerza bruta y una vez vencido por la maña del guapo (no, no es ninguna amiga de Zaragoza) deja el camino libre para el final de la película con pelea entra malo listo y bueno listo.
Por la tarde me toca esperar para comenzar a ver pisos como un loco. Portátil en mano me doy cuenta mientras espero a la chica que me acompañará que las polacas están en general muy muy buenas. Te miran y mantienen la mirada y al final uno ya no sabe qué pensar. Las primeras impresiones en este sentido son realmente muy positivas.
Llega la chica de la agencia: rubia total, bastante guapa y con apertura pectoral por la que mi vista se cuela de forma natural mientras comentamos ya no me acuerdo el qué. Alcanzo a ver lo que el sujetador me permite y todo tenía muy buen aspecto. Realmente Wroclaw tiene buenas vistas.
-Creo que me va a gustar esta ciudad.- pienso en ese momento
Comenzamos a ver apartamentos pero en general no me convence ninguno. Mientras estoy a solas con ella en algún piso pienso si no sería buena idea invitarla a tener sexo sin florituras, primitivo, tal como surja, sin intermediarios formales, rememorando las cópulas de nuestros primitivos ancestros.
Intento mantener fría la cabeza. La idea de comenzar detenido por la policía por haberme abalanzado rabiosamente sobre el primer escote polaco que me había encontrado no me seduce tanto como el escote mismo, y pienso que si los hoteles son como el que me ha tocado, un calabozo aquí ha de ser algo digno de ser sufrido.
El 2 piso que visito es digno de relato. Enorme edificio, absolutamente inconmensurable, seguramente diseñado por el mismo arquitecto que diseñó la ya famosa planta del hotel. Bloque extraño, entrada y salida al edificio extraña, enrevesada, no laberíntica como el hotel (habría sido ya demasiado) pero con vocación para ello. Veo que quieren en primer lugar intentarme colocarme los "bacalaos" así que yo estoicamente voy aguantando las embestidas y le hago entender a la amable señorita que mi idea es intentar encontrar algo un "pelín" más moderno.
Durante estas horas mi jefe, en Francia, y yo, intentamos ponernos en contacto uno con el otro sin ningún éxito. Al final quedamos para las 8, que a esa hora le llamaría.
Entre dejar de ver apartamentos y las 8 intento buscar habitación en otro hotel. Hay uno cercano de buena apariencia, la chica de recepción preciosa y disponible (a buscar habitación en otro hotel pues el suyo está lleno no a otra cosa). Se la veía encantadora. Me habría gustado haber pasado la noche en el mostrador viendo como me busca habitación. No hay suerte.
Resignado me voy al ya famoso hotel y llamo a mi jefe a Francia. Nada especialmente relevante que contar sobre este particular. Parece un buen tío, tranquilo, calmado.
Acabo de hablar con él y vuelvo a salir para dirigirme a la plaza principal de Wroclaw. Literalmente no he parado en todo el día prácticamente ni siquiera para comer. Incluso las maniobras en la Legión se las toman con algo más de calma.
Pido un Taxi y le pido que me deje en alguna zona apta para ver el partido final de la Copa de Europa. Me deja en la plaza principal de Wroclaw e intento buscar un bar-restaurante del que había tenido conocimiento en Internet llamado "taverna Espanola" . Sabía que estaba en una de las esquinas de la plaza así que no parecía difícil encontrarlo.
Pregunto a dos hombres apoyados en la columna de un soportal, uno con toda la pinta de ser un perfecto maníaco o asesino en serie. Yo, después del día que llevaba, sin parar de andar, tenía sobre todo ganas de sentarme un momento y, entre otras cosas, comer algo. Eran las 8,30 de la tarde. Ni los maníacos me daban ya miedo.
El maníaco confirma totalmente mis sospechas y en perfecto polaco y ademanes tipo "adivina quien es el psicópata del barrio", me indica la dirección. La verdad es que la diferencia entre que fuera perfecto su polaco o no, para mi comprensión era irrelevante, pero quiero otorgarle ese punto.
En realidad me indicó un mexicano, pero igualmente decidí entrar a reposar por primera vez algo durante el día y ver el comienzo del partido final de la Champions.
Camarera perfectamente rubia así que sospecho que no debe ser de tijuana, ni siquiera tendrá ninguna tía llamada Juana. Mesas llenas donde la gente come algo y en la barra un par de personas bebiendo y esperando algún sitio para comer también sobre la mesa. Por lo visto parece también una costumbre extendida la de comer sobre la mesa tras el telón de acero.
Yo pido algo de beber y me pido también algo para comer. En la misma barra empiezo a comer ante quizá una cierta extrañeza de la camarera.
El plato podría llamarse "collage" porque contenía pollo, habas, arroz, ensalada, pepino, una salsa roja (vestigios de la antigua urss seguramente) y algún ingrediente más al que preferí no prestar demasiada atención.
Yo vibraba con el partido y con el gol del barsa alegría total. Solo me faltó gritar visca barsa pero preferí contenerme por el qué dirán. Ya se sabe que en los mejicanos hay que ser serios y respetables, especialmente viendo fútbol.
Acaba la primera parte y continúo (andando claro) en búsqueda de la famosa taberna española: nada.
Vueltas y más vueltas intentando encontrarla, varias veces giré la plaza y alguna calle adyacente. Mientras, los bares en la terraza seguían ofreciendo la final. Tras algunos minutos viendo el partido continuaba la ronda cual sereno buscando la famosa taberna: Nada.
En un momento de lucidez pensé que si podía conectarme a Internet sabría la dirección de la famosa taberna y conociendo la dirección, siempre es más fácil encontrar el local, como ya todos sabemos.
Me senté un momento para ver si había alguna red wifi disponible y poder saber la dirección de la escondida taberna. Ni que decir tiene que en esos minutos mujeres polacas, siempre muy elegantes, pasaban ante mis ojos o se sentaban en bancos adyacentes. Quizá era algún tipo de señal hacia mí pero preferí ignorarlas y concentrarme en encontrar la red wifi. Logro al fin conectarme y en un momento averiguo la dirección de la taberna. Pienso "¿dónde estará esta calle?”.
Y entonces pasó algo realmente gracioso que en Italia calificarían como "fare la gran figura di merda": cierro el portátil y tal como me levanto, doy mi palabra de honor, tal como me levanto y alzo la vista ante mí se muestra en todo su esplendor un amplio toldo con la leyenda "taberna española". Grabado sobre el toldo y en los laterales además de en algunas mesas de la terraza. Me río bastante como hago en estos casos y viendo que no ofrecen el partido y que el ambiente es ese día bastante soso, decido acabar de ver el partido desde las terrazas.
¡Segundo gol del barsa! enorme felicidad y envio sms a un gran amigo, Albert, para felicitarlo a él también. Seguro que en ese momento él era un hombre feliz. Me daban ganas de gritar que yo venía de allí. Tengo la sensación que no habría mucho más español-catalán en aquel lugar. Fue una bonita sensación.
Con todo el bacalao partido y cansado aún más, cojo un taxi y me vuelvo al hotel.
Ni que decir tiene que durante mis rondas por la plaza principal veía mujeres estupendas.
Llego al hotel y en la recepción me encuentro dos fantásticas y altas chicas una morena y otra rubia (no sé si hijas del pueblo de Madrid) dignas de ponerles un piso en Alcobendas. La rubia alta, simpática y sonriente y además hablaba un poco español así que le hice una pregunta sobre la cama de mi habitación pues estaba "hecha" de una forma realmente extraña. ¡Ya solo me faltaba que no fuera costumbre en Polonia hacer la cama en los hoteles!
La alta y preciosa rubia subió conmigo y mi mente comenzaba a imaginar escenas lujuriosas y lascivas que por respeto a ustedes no voy a reproducir. Planes que me conducirían al calabozo sin lugar a dudas. Dentro de la habitación tengo que sujetar a mi otro yo para no hacerle una proposición deshonesta o simplemente copular como dos bestias salvajes. ¡qué difícil es estar a solas con una mujer en una habitación y mantenerse sereno!
Sonriendo, me comentó que era normal allí hacer las camas de esa manera, ¿y cómo es esa manera se preguntarán ustedes? buena pregunta.
Imagínense una crepe. Estaba hecha de la misma manera. Una sábana rodeando, como una crepe, un edredón que hacía las veces en este caso de chocolate, o cualquier otro relleno.
Al lado de la cama y con una mujer así al lado realmente se hacía difícil mantener la compostura. Estábamos solos, perdidos en medio de una planta en una habitación de difícil acceso. Mirando una cama, hablando de ella, tocándola, ¡y solos!... Pero uno sabe cuando debe comportarse como un perfecto caballero.
Esperé unos segundos por si quisiera ser ella la que quisiera abalanzarse sobre mí , me indicara sus intenciones, pero al ver que tras la lección de "cómo hacer una cama a la crepe de chocolate" no había nada, decidí saludarla muy amablemente y a mi pesar darle las buenas noches.
Pero no se vayan porque aún hay más…
Ahora viene el remate final a un apoteósico día de hotel.
Dos camas. Elijo la más cercana a la ventana. Increíblemente no hay ningún enchufe cerca de la cama para poder conectar el portátil ¡estaba en el otro extremo de la habitación!
Me meto en la cama y la noto blanda blanda, y más blanda, y al final la parte derecha se desfonda como si me hubiera tumbado sobre un flan. Mitad derecha de la cama hundida y mitad izquierda aguantando la posición. Pienso que esa posición no debería ser normal para dormir ni siquiera en este país.
Pruebo en la otra cama con el temor de que me vuelva a pasar lo mismo y entonces ya empiezo a pensar que realmente se trata de otro hábito curioso a la hora de dormir, similar al envoltorio tipo crepe. Quizá es que el Polaco cuando duerme ha de tener el hígado a un nivel más bajo que el corazón para poder conciliar el sueño ¡qué sé yo!
Por suerte la otra cama aguanta y duermo al mismo nivel tanto en el lado derecho como en el izquierdo.
En resumen: día intensísimo plagado de bellas mujeres y muy positivas sensaciones. Ahora tocaba dormir. Mañana sería otro día no menos intenso. Al día siguiente conocería a una Diosa del olimpo en persona.