Tras dos semanas intensísimas de trabajo en Madrid donde el único respiro provenía de alguna cena furtiva con una dama y de estar con mis amigos en Girona y con mis gatos los fines de semana, el domingo 25 me volví de nuevo a Wroclaw dispuesto a continuar esta aventura, ahora en fase pre-invernal.
Así pues, a mediodía y tras hacer la pequeña maleta cerré mi casa mientras un nuevo Adiós sobrevolaba en el ambiente. Ellos, mis gatos, notaban que me estaba marchando de nuevo. Miraban una vez más cómo me marchaba, sin entender una vez más por qué.
La cosa realmente curiosa me sucedió al llegar a Polonia, en el mismo aeropuerto.
Justo al salir del aeropuerto de Wroclaw, en la misma puerta donde, de forma incesante, entran y salen viajeros con maletas, carros etc me encuentro con una de las escenas más curiosas que me han pasado últimamente.
Allá mismo, en la puerta de entrada, prácticamente en el mismo centro, ajeno al constante entrar y salir de personas, sentado como si de una antigua estatua egipcia de algún antepasado suyo se tratara, inmóvil, se encontraba un gato, mitad negro, mitad blanco.
Impertérrito, mientras la gente no dejaba de entrar y salir y fijarse en él, pues era verdaderamente insólito encontrar un gato en un lugar con tanto movimiento, con tanto humano, y encontrarlo tan confiado.
A pesar de que algunas personas al entrar le rozaban, él ni se inmutaba. Permaneció al menos casi veinte minutos en la misma posición de sentado mientras yo, sorprendidísimo, no dejaba de mirarlo a un par de metros. Sé algo de gatos y no me podía creer que el animal estuviera tan tranquilo en semejante situación.
La gente se extrañaba y algunos lo acariciaban.
Al final no puede evitarlo y me acerqué a él para hacerle cuatro carantoñas. Giró muy levemente su cabeza hacia mí y luego continuó en la misma posición.
Le hablé un poco como le hablo yo a los gatos. En el fondo sé que me entienden. En el fondo nos parecemos un poco.
martes, 27 de octubre de 2009
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