martes, 18 de agosto de 2009

El recibimiento


Hay que volver al otro lado del Rhin. Roma nos necesita allá. Tras despedirnos de nuestros seres más queridos (gatos) y dejar la comida necesaria durante este tiempo de ausencia a esos bichos estupendos que tanto quiero (los amigos) me dispongo a partir de nuevo a Wroclaw.
Por una parte tengo ganas de volver a la ciudad, pero por otra, más siendo verano, me cuesta mucho alejarme de mi Patria: El Mediterráneo.

Lo que nunca había hecho en diez años (o más) lo hago ahora: levantarme a las 9 (am quiero decir) un domingo para ir a la playa y aprovechar algo el día antes de partir. Si me lo hubieran dicho hace un tiempo nunca habría creído que algo así pudiera ocurrir. Baño purificador en el Mediterráneo y avión hacia Polonia.

Tenía ganas de volver así que esperaba un recibimiento acorde a mi cariño por la ciudad.

Cojo un taxi y en nuevo intento infructuoso, como no podía ser de otra manera, le indico mi dirección al aparente amable taxista en mi habitual incomprensible polaco. He de decir que he llegado incluso a pensar que me toman el pelo, pues no puede ser que alguien no sea capaz tras dos meses, esté en el país que esté, de pronunciar correctamente la dirección donde vive. Debo ser el primer caso.

Tras indicarle en el mapa cual es el sitio (los mapas no me abandonaron en mi etapa profesional anterior y parece que tampoco quieren hacerlo en ésta) hacia allá nos dirigimos.
¡Qué bien estar otra vez en esta ciudad tranquila!

Al cabo de unos cientos de metros, y con la mente todavía en las aguas cristalinas que habían tenido la fortuna de acariciar mi cuerpo, cual es mi sorpresa (imagino que también la del taxista) cuando un joven extremadamente delgado y pelo rapado casi al cero sale de una parada de autobús y se nos planta en medio mismo de la calzada, se encara hacia el vehículo y hace ademanes no muy amigables al tiempo que se dirige hacia nosotros.

-Esto es a lo que yo llamo una bienvenida.- pensé en ese momento.


El taxista redujo la velocidad como si estuviera acostumbrado a la escena y mostró la misma paciencia y serenidad del que encuentra un paso de cebra cruzando una procesión de Semana Santa.

-¡Qué bien!- Un taxista tranquilo y sereno pensé.


A todo esto hay que mencionar que el joven tenía tal estado de embriaguez, perceptible claramente, que tenía dificultad en acertar con la situación del vehículo.
Por suerte, y ante lo que pudiera pasar, el citado individuo tenía un amigo en la misma parada de autobús también evidentemente borracho, aunque, no tanto como para no darse cuenta que lo que hacía su amiguete conllevaba un cierto peligro.
Así pues mientras el más borracho intentaba, a escasos seis metros de nosotros, encararnos, su amigo, con “eses” menos descaradas fue hacia él, lo sujetó, y se lo llevó a los toriles.
Pasado el suceso el conductor reanudó la marcha rumbo a destino.

Pero no acababarían ahí las emociones. Hay que decir que ya tenía yo la sensación de que algunos taxistas se toman la profesión como si estuvieran en nurbrunging pero es que ufff… en definitiva…en este caso el amigo fue un poco más allá, y así, en la circunvalación a la ciudad y a una velocidad demasiado alta, nos disponemos a adelantar a un vehículo ¡cómo no por la derecha! y de repente la joven, porque era una joven, que conducía el vehículo que pretendíamos adelantar, se le ocurre volver a su lugar correcto (no el del medio de la calzada a 80 km/h sino el de más a la derecha) en el mismo momento que fitipaldi se dispone a adelantar precisamente por ese carril derecho. Demasiadas emociones tras el alcohólico joven.

El suceso termina con frenazo brusco del conductor, volantazo, chirriar de ruedas, y su pasajero jurando en hebreo y acordándose del padre del piloto aprovechando el casi seguro desconocimiento del idioma español por parte del piloto. Apenas unos minutos en Wroclaw y dos sustos de este calibre. Esto es un buen recibiendo sí señor.

Algún día escribiré sobre los taxistas en la ciudad porque dan para un par de comentarios. A favor del piloto hay que decir que te jugabas la vida con él, cierto, pero al menos estaba medianamente limpio (el taxi quiero decir, pues él seguramente debía tener antecedentes por conducir a más velocidad de la debida) y no parecía que usara la parte trasera del taxi como gallinero una vez terminada la jornada laboral.

Por suerte en la ciudad se comportó decentemente y me dejó sano y salvo en mi destino.

A las diez de la mañana estaba bañándome en una playa estupenda y apenas unas horas después estoy en otra ciudad estupenda, aunque con mucho menos calor, tras haber arriesgado la piel ¡quién ha dicho que la vida no es estupenda!

lunes, 3 de agosto de 2009

Madrid

Disculpad el retraso.
Recientemente he estado en Madrid dos semanas por trabajo y apenas he tenido tiempo para nada.

De Madrid me llevo el recuerdo de muchísimo calor, demasiado para mi gusto cuando no hay ninguna playa cerca; gente estupenda con la que he trabajado este tiempo y mucho trabajo. Además de la clara percepción de estar en las afueras de la ciudad en medio de la cruda meseta castellana. Not for me my love. Es de valorar trabajar en el mismo centro de la ciudad, como ocurre en Wroclaw, y no en un páramo semiperdido.

Hoteles por esa zona había poco donde elegir: básicamente dos. Creo que elegí el peor.
En medio de la carretera que va de las rozas a El Escorial allá se alzaba (es un decir pues es de una planta solamente) el hotel donde me alojé. Incomunicado con todo salvo con la típica gasolinera de autovía que me salvo de morir de inanición, que hizo las veces de cocina improvisada en medio de la nada. Cual oasis en medio del desierto donde a lo Peter O’toole obtienes un poco de agua y con algo de suerte no te disparará Omar Sharif.
Por momentos también me acordaba de aquellas películas donde aparecía un motel de carretera sin nada alrededor.

Dos semanas como digo de bastante trabajo, en un ambiente muy agradable hasta donde he podido ver aunque, para ser sinceros, prefiero Wroclaw.
Semanas de tiempo comprimido: Llegar pronto a trabajar y salir casi tan tarde como el que más, con un calor de mil demonios a las 6 de la tarde, calor que nunca encontrarías en Polonia ni el día más caluroso de julio a las 12 del mediodía. Viernes donde un avión espera para llevarte a Girona, tras varias horas de contemplación y reflexión en Barajas: los aeropuertos son, cuando la espera es grande, un tiempo de reflexión permitido en tu vida, un paréntesis que te aísla y te sugiere: “look man: you are here”.
A pesar de llegar casi a media noche, algún buen amigo nos daba cena en su restaurante siempre acompañado por más amigos y tras charla, cena, y alguna copa coche hasta, por fin, casa.

Y es cuando llegas a casa que te das cuenta que estás combatiendo más allá del rhin como Germánico con sus legiones. ¡Varo devuélveme mis legiones! !quintilus varus devuélveme mis legiones!
Porque la paz que encuentras ahí no la percibes en ningún otro sitio.

Pero este verano va a ser corto, muy corto. Por tanto el sábado toca levantarse temprano y aprovechar este día maravilloso de verano, esta luz mediterránea brillante, cegadora, en la que nunca antes habías reparado, y que ahora te parecen destellos de algún Dios menor (tenía que decirlo siempre me ha gustado esta expresión).

La vida ya no se bebe despacio. Todo va demasiado deprisa.
Y el sábado pasa rápido intentando apurar el mar, la arena, el sol, los compañeros de piso (gatos), los amigos, y todas esas pequeñas cosas que te recuerdan que eres de allí más que de ningún otro sitio.
Y sin tiempo para nada más ya estás el domingo levantándote para ir a coger el avión a Madrid. Taxi al hotel de Norman Bates y a combatir una nueva semana.

Y así transcurrieron dos semanas en Madrid y Girona hasta que tocó volver a al otro lado del telón de acero :)