Sobre las 12 de la noche debían ser, lo que equivaldría en España a las 2 de la mañana en ambiente. El bar musical estaba casi lleno, llevábamos un buen rato allá. Éramos 6 o 7 personas en el grupo.
De repente entró una chica cuya cara me sonaba enormemente. Tenía la certeza de haber hablado antes con ella aunque ni remotamente podía recordar cuándo y dónde. Bueno, cualquiera que me conozca sabe que recordar caras o nombres no es lo mío cuando salgo de noche. Volvíamos a los viejos tiempos donde alguien se acercaba y comenzaba a hablarme y yo no tenía idea quién era.
Nos miramos porque sabíamos que nos conocíamos y se situó cerca. Yo seguía tratando de recordar de qué diablos la conocía pero no era capaz.
En un momento dado se acercó y tras los holas de rigor dije mi clásico:
- Sé que te conozco pero no recuerdo de qué, disculpa.
Eso no es lo que espera una mujer cuando se dirige a un hombre así que el primer gesto fue de desencanto. Ella estaba bastante buena sin llegar al nivel de diva que es relativamente habitual por estas latitudes. Me extrañaba que estando buena no fuera capaz de recordar nada.
- Nos conocimos hace dos sábados, no recuerdas?
- Pues la verdad es que no, lo siento. Dónde nos conocimos? Como fue?
- Pues fue en este mismo bar.
Yo estaba sorprendido de mi desmemoria. No podía ser que no recordara nada.
- Y qué hablamos? pasó algo de lo que debiera acordarme?
- Estuvimos hablando - decía ella- y en un momento te enseñé el anillo.
Y en ese momento me mostró el anillo de casada de su mano.
-ah vale, entonces ya entiendo por qué olvidé tan rápido.- repliqué poniendo un poco de humor en el asunto- estando casada …
-Para eso están los divorcios- contestó.
-¡Está bien saberlo!
Seguimos hablando un buen rato y de vez en cuando nos volvíamos a acercar y retomábamos la conversación un poco más.
Estando con ella lo que percibía entre nosotros era sexo salvaje y desenfrenado, abierto, sin florituras, sin concesiones, en estado puro, salvaje. Era lo que me transmitía con la mirada. Sus ojos libidinosos hacían volar mi imaginación. Era pecaminosa en sus formas y uno- que ya está condenado desde hace tiempo- no puede renunciar a eso.
Al cabo de un rato una amiga común dio un detalle que me hizo recordar súbitamente que sí, que la había conocido allí. Eran 3. Me dirigí a ella primero y tras, no recuerdo qué le dije, hablarle me había enseñado el anillo. Suficiente para tras 5 minutos cortar e irnos a otro sitio el amiguete y yo. Ahora lo recordaba.
Me dijo que estaría allí el sábado siguiente otra vez, de tal forma, que era poco menos que una invitación a que fuera. Seguía viendo el pecado en su mirada y gestos (espero que ella también los viera en los míos). Le dije que pudiera que viniera.
Luego le pregunté si era posible tener alguna forma de contactar con ella de forma discreta. Uno tiene sus principios y nunca entraría a molestar en medio de un matrimonio en forma de llamada indiscreta o similar. Hay que respetar ciertas cosas.
Me dio su teléfono que, como siempre, no necesito apuntar más que en la memoria.
Habían ya pasado varias horas en el bar, así que, tras unos minutos, cansado ya de estar en el mismo lugar durante tanto tiempo, pero sin querer molestar al resto, decidí irme.
- Al llegar le he enviado un mensaje: “como puedes ver para los números tengo buena memoria”.
De repente entró una chica cuya cara me sonaba enormemente. Tenía la certeza de haber hablado antes con ella aunque ni remotamente podía recordar cuándo y dónde. Bueno, cualquiera que me conozca sabe que recordar caras o nombres no es lo mío cuando salgo de noche. Volvíamos a los viejos tiempos donde alguien se acercaba y comenzaba a hablarme y yo no tenía idea quién era.
Nos miramos porque sabíamos que nos conocíamos y se situó cerca. Yo seguía tratando de recordar de qué diablos la conocía pero no era capaz.
En un momento dado se acercó y tras los holas de rigor dije mi clásico:
- Sé que te conozco pero no recuerdo de qué, disculpa.
Eso no es lo que espera una mujer cuando se dirige a un hombre así que el primer gesto fue de desencanto. Ella estaba bastante buena sin llegar al nivel de diva que es relativamente habitual por estas latitudes. Me extrañaba que estando buena no fuera capaz de recordar nada.
- Nos conocimos hace dos sábados, no recuerdas?
- Pues la verdad es que no, lo siento. Dónde nos conocimos? Como fue?
- Pues fue en este mismo bar.
Yo estaba sorprendido de mi desmemoria. No podía ser que no recordara nada.
- Y qué hablamos? pasó algo de lo que debiera acordarme?
- Estuvimos hablando - decía ella- y en un momento te enseñé el anillo.
Y en ese momento me mostró el anillo de casada de su mano.
-ah vale, entonces ya entiendo por qué olvidé tan rápido.- repliqué poniendo un poco de humor en el asunto- estando casada …
-Para eso están los divorcios- contestó.
-¡Está bien saberlo!
Seguimos hablando un buen rato y de vez en cuando nos volvíamos a acercar y retomábamos la conversación un poco más.
Estando con ella lo que percibía entre nosotros era sexo salvaje y desenfrenado, abierto, sin florituras, sin concesiones, en estado puro, salvaje. Era lo que me transmitía con la mirada. Sus ojos libidinosos hacían volar mi imaginación. Era pecaminosa en sus formas y uno- que ya está condenado desde hace tiempo- no puede renunciar a eso.
Al cabo de un rato una amiga común dio un detalle que me hizo recordar súbitamente que sí, que la había conocido allí. Eran 3. Me dirigí a ella primero y tras, no recuerdo qué le dije, hablarle me había enseñado el anillo. Suficiente para tras 5 minutos cortar e irnos a otro sitio el amiguete y yo. Ahora lo recordaba.
Me dijo que estaría allí el sábado siguiente otra vez, de tal forma, que era poco menos que una invitación a que fuera. Seguía viendo el pecado en su mirada y gestos (espero que ella también los viera en los míos). Le dije que pudiera que viniera.
Luego le pregunté si era posible tener alguna forma de contactar con ella de forma discreta. Uno tiene sus principios y nunca entraría a molestar en medio de un matrimonio en forma de llamada indiscreta o similar. Hay que respetar ciertas cosas.
Me dio su teléfono que, como siempre, no necesito apuntar más que en la memoria.
Habían ya pasado varias horas en el bar, así que, tras unos minutos, cansado ya de estar en el mismo lugar durante tanto tiempo, pero sin querer molestar al resto, decidí irme.
- Al llegar le he enviado un mensaje: “como puedes ver para los números tengo buena memoria”.

